Deep Purple: leyendas del rock con el oficio intacto y la mirada al presente
Después del sold out del lunes en el Sant Jordi Club de Barcelona, la gira de Deep Purple llegaba este martes al Movistar Arena de Madrid. El recibimiento fue algo menos multitudinario: las enormes cortinas negras ocultaban las gradas para delimitar el espacio disponible, mientras la pista presentaba una entrada más que aceptable. Un marco diferente al de la cita barcelonesa, pero suficiente para disfrutar de una velada en la que el pasado, el presente y el futuro del rock clásico compartieron protagonismo.

Los encargados de abrir fuego fueron Jayler, una joven formación británica que ha encontrado en el sonido de los setenta su principal fuente de inspiración. Formado en 2022 en West Midlands, el cuarteto está integrado por James Bartholomew, voz y guitarra; Tyler Arrowsmith, guitarra; Ricky Hodgkiss, bajo y teclados, y Ed Evans, batería. Su propuesta remite inevitablemente a Led Zeppelin, tanto por su estética como por su sonido. En particular, el registro potente y los agudos de Bartholomew evocan por momentos al joven Robert Plant. La difusión de sus actuaciones en redes sociales ha contribuido a despertar el interés de los aficionados al rock clásico, aunque la verdadera prueba consistía en comprobar si esa admiración por sus referentes se traducía en una propuesta convincente sobre las tablas.

La respuesta fue afirmativa. Elegidos por los propios protagonistas de la gira, los cuatro músicos asumieron el reto de conquistar a una audiencia que había acudido principalmente para reencontrarse con una de las grandes instituciones de la historia del rock. Down Below abrió un repertorio de ocho canciones en el que la armónica aportó desde el primer momento un sugerente aroma añejo. Entre los primeros temas, los británicos tantearon el ánimo de los asistentes antes de presentar The Getaway, una pieza de mayor pegada rockera.

De su primer EP recuperaron No Woman, mientras que Alectrona, perteneciente a su nuevo álbum, permitió lucir un solo de guitarra que se llevó sus merecidos aplausos. Bartholomew se acercó al público con desparpajo, provocando gritos y demostrando una capacidad de comunicación casi insultante para alguien de su juventud. Riverboat Queen, dedicada a la industria musical actual, volvió a destacar por una armónica que terminó envolviendo la canción.

Antes de Over the Mountain, el cuarteto agradeció a Deep Purple la oportunidad, mientras que la coreografía inicial de Need Your Love confirmó que sabe cómo ganarse a una audiencia que, en principio, no es la suya. El cierre llegó con The Rinsk, aderezada con un guiño a War Pigs, de Black Sabbath, un recurso que siempre suma puntos entre los seguidores del rock clásico. Jayler dejó buenas sensaciones: energía, actitud y argumentos suficientes para reclamar atención, aunque todavía tenga camino por recorrer hasta encontrar una identidad completamente propia. Un aperitivo notable para una velada de grandes nombres.

Tras una introducción audiovisual que animó a buena parte del recinto a levantar sus teléfonos móviles, Deep Purple apareció con Highway Star. La respuesta fue inmediata y los asistentes se hicieron escuchar con fuerza, casi disputándole el protagonismo vocal a Ian Gillan. Sobre las tablas, Simon McBride aportó buena parte de la energía con una guitarra incisiva, mientras A Bit on the Side asentaba el concierto en una elegancia que los británicos han sabido conservar a lo largo de las décadas.

La adictiva Into the Fire retumbó en el pabellón antes de que Gillan, siempre comunicativo, presentara al guitarrista con un escueto «super». Los focos quedaron entonces al servicio de McBride, que aprovechó su primer gran espacio en solitario para justificar con creces su incorporación. Su juventud contrasta con la veteranía de sus compañeros, pero su interpretación encaja con naturalidad en una formación acostumbrada a convivir con músicos de enorme personalidad.

La combinación de Arrogant Boy y Diablo demostró que el presente también tiene cabida en el repertorio. El salto entre las composiciones recientes y los clásicos se produjo sin fricciones, evidenciando que el grupo no necesita vivir exclusivamente de su legado. Gillan ya no alcanza los registros de hace varias décadas, algo comprensible después de una carrera tan extensa, pero la adaptación de las canciones a sus posibilidades actuales está resuelta con inteligencia. Los pasajes instrumentales y los solos permiten administrar los esfuerzos sin sacrificar la intensidad general del espectáculo.

Llegó entonces el turno de Don Airey, que reclamó los focos con una auténtica clase magistral de teclado. Su virtuosismo captó la atención de todo el pabellón, incluida la de Ian Paice, que lo observaba desde la batería mientras disfrutaba de una copa de vino. La exhibición dejó el terreno preparado para Lazy, donde la armónica y el Hammond recuperaron esa combinación tan característica del sonido de la formación. A continuación, Sometimes I Feel Like Screaming fue recibida con entusiasmo y ejecutada con una sensibilidad que recordó que estas leyendas todavía tienen mucho más que ofrecer que una colección de éxitos.

La sobriedad de Roger Glover al bajo, siempre eficaz y sin necesidad de aspavientos, volvió a poner de manifiesto la importancia de una sección rítmica que sostiene todo el edificio. Sacred Land y Lazy Sod, entre bromas de Gillan y ritmos contundentes, condujeron a una nueva exhibición de Airey. Presentado por el vocalista como «el maestro», el teclista respondió con una intervención desatada, capaz de convertir unos minutos instrumentales en uno de los grandes atractivos de la velada.

Los efectos galácticos de los teclados desembocaron en Perfect Strangers, recibida con la euforia que merece uno de los grandes himnos de su catálogo. El riff esperado desató la locura y confirmó la capacidad de una canción para conectar con seguidores de distintas edades. Space Truckin’ mantuvo la intensidad, con Glover ocupando su espacio en una celebración colectiva que alcanzaría uno de sus momentos culminantes con Smoke on the Water.
Escucharla en directo sigue siendo una experiencia distinta a reconocer sus acordes en cualquier otro contexto. El riff que ha acompañado a varias generaciones conserva intacta su capacidad de convocatoria y convirtió el pabellón en un coro multitudinario. No es poca cosa para una composición que forma parte del imaginario colectivo del rock desde hace más de medio siglo.

Sin apenas conceder tregua, llegó Hush, la versión del tema de Joe South que Deep Purple convirtió en uno de sus primeros éxitos. Su carácter festivo mantuvo viva la conexión con los asistentes antes de que Black Night, alargada y juguetona, pusiera el broche final a la velada.
La sensación al abandonar el recinto era la de haber disfrutado de una banda histórica que todavía conserva argumentos de sobra para defender su vigencia. Deep Purple ya no es el grupo de hace cincuenta años, ni necesita serlo. El oficio, la complicidad y la pasión siguen intactos, mientras las intervenciones de McBride y Airey demostraron que el virtuosismo continúa siendo una de sus principales señas de identidad.

Madrid respondió a sus encantos con entusiasmo y encontró en los clásicos motivos de sobra para celebrar, pero también en las composiciones recientes razones para mirar hacia delante. La velada dejó, además, una lectura generacional especialmente interesante: mientras Jayler recoge el testigo de una tradición que sigue inspirando a músicos jóvenes, sus ilustres padrinos continúan escribiendo capítulos de una historia extraordinaria.
El tiempo pasa, las voces cambian y las formaciones evolucionan. Sin embargo, cuando suenan esos riffs, el rock sigue hablando un idioma universal. Y Deep Purple, con casi seis décadas de trayectoria, todavía sabe cómo hacerse escuchar.






























