Jethro Tull - The Zealot Gene

Crítica

Aún quedan entre nosotros bandas con edades que sobrepasan el medio siglo en las que solo un miembro “histórico” mantiene en pie el nombre que antaño les diera gloria. A veces, porque la banda ha sido él; otras porque se trata de una especie de “franquicia” en la que, a base de contratar grandes músicos, el -muchas veces- engendro continúa más o menos con vida. En el primer caso tenemos a Ian Anderson y JETHRO TULL, que nos ocupan; en el segundo, por ejemplo, a David Coverdale y WHITESNAKE.

En efecto, aunque Martin Barre o John Evan tengan mucho que decir, lo cierto es que, cuando escuchamos el nombre de la banda británica, es imposible no pensar en el señor Anderson, en su figura de pelo largo, pantalones de montar y flauta en ristre. Él aparecía solito en la portada de discos como Aqualung (tal vez), War Child, Songs from the Wood o Heavy Horses, y por supuesto, en el excelso directo Bursting Out. TULL siempre ha sido su creación y, aunque el disco de que tratamos podría llevar su solo nombre, el mito sigue vivo, y lo contamos como otro disco de JETHRO, el vigésimo-segundo de estudio, con veinte años transcurridos desde el anterior…nada menos.

Con temas que vieron la luz en 2017, con una banda más o menos consolidada desde 2007, que grabara “Thick 2” y “Homo Erraticus” e hiciera sus giras, tenemos entre manos un disco que, por descontado, suena a TULL… ¿pero a qué época de TULL? Lo primero que llama la atención es que, los 45 minutos que dura, recuerdan a sus obras clave de los años 70… ¿Y el contenido? Sin duda, hay muchos guiños a los JETHRO más tradicionales, pero, a la fuerza, la voz de Anderson está ajada por el paso del tiempo (como lo estamos todos) y carece del vigor y las inflexiones de antaño. No daba un duro por ella, pero, dentro de sus claras limitaciones, el escocés ha sabido moverse con soltura en la tesitura a la que llega, declamando, cantando por la parte baja del pentagrama, sin grandes alharacas, sin tratar de hacer equilibrios imposibles… y eso se agradece, aunque también acepto que el disco puede sonar demasiado lineal y plano desde el punto de vista vocal. Volveré sobre ello.

El tono del disco es reflexivo, tirando a lo tranquilo, calmo, sosegado, mucho más que a la parte rockera de la banda. Así es que, si esperabas que la escucha fuera una experiencia guitarrera, no es tu disco; igualmente, si creías que íbamos a cabalgar por los procelosos mundos de “A Passion Play”, pues… tampoco. Lo que tenemos es una amalgama de temas que, sonando a TULL, nos dan una idea de en qué época nos encontramos, compactos, bien interpretados, pero más para una rutina “relajante” que para otra cosa.

Así, “Mrs. Tibbets” ya nos pone en antecedentes de lo que vamos a escuchar: melodías bien hechas, fácilmente identificables, producción “reguleras”, con unos teclados que suenan espantosos la mayor parte del disco… no sé por qué, y con un ambiente relajado que nos va a acompañar durante toda la escucha. Luego, «Jacob’s Tales» nos trae su mezcla acústica de guitarra, mandolina, armónica y voz, completando, prácticamente, una pieza solista de Anderson.

“Mine Is the Mountain” nos vuelve a poner delante de la banda, abriendo con un piano misterioso, estilo intro de “Locomotive Breath”. La letra, sobre Moisés y Dios, nos ofrece el humor irónico de Anderson: “Porque yo soy el Padre, el Poder y la Gloria y ahora, por el amor de Dios, déjame en paz”.

En tiempos pandémicos, Anderson terminó el álbum con varias piezas acústicas en solitario que ocasionalmente incluyen sobregrabaciones de larga distancia de otros miembros de la banda.

«Shoshana Sleeping» y «Barren Beth, Wild Desert John» son dos destacadas. La primera arregla hábilmente la voz del juglar para lograr el máximo efecto en medio de su riff contagioso, mientras que la segunda se adentra, de nuevo, en temas bíblicos. En el lado menos atractivo, «The Betrayal of Joshua Kynde» se nos queda corta, como si necesitáramos más implicación de la voz de Anderson para cumplir con el tema.

Mucho se ha dicho sobre la disminución de las habilidades vocales de Ian en las últimas décadas, especialmente en vivo, pero no hay duda de que su voz aún conserva su tono y encanto característicos en, no olvidemos, un hombre de 74 años. Aun así, el disco tiene (principal crítica a la voz) un uso excesivo de la reverberación y el retardo en algunas pistas, una elección desafortunada en la producción que se extiende, más allá de la voz, a los otros instrumentos a veces.

En general, «The Zealot Gene» ofrece una buena colección de canciones, pero algunas se ven empañadas por una producción irregular e inconsistente. Por lo demás, Anderson y compañía suenan de forma más que decente. Si la marca es «I. A.» o «Jethro Tull» parece importar poco, pero tal vez del disco sí sacamos la conclusión de que nuestro hombrecillo se nos ha tornado “too old to rock and roll”.

JETHRO TULL son:

Ian Anderson – voz, flauta, guitarra acústica, armónica.

Florian Opahle – guitara eléctrica.

David Goodier – bajo.

John O’Hara – piano, teclas, acordeón.

Scott Hammond – batería.

 

Temas:

  1. «Mrs. Tibbets»
  2. «Jacob’s Tales»
  3. «Mine Is The Mountain»
  4. «The Zealot Gene»
  5. «Shoshana Sleeping»
  6. «Sad City Sisters»
  7. «Barren Beth, Wild Desert John»
  8. «The Betrayal Of Joshua Kynde»
  9. «Where Did Saturday Go?»
  10. «Three Loves, Three»
  11. «In Brief Visitation»
  12. «The Fisherman Of Ephesus»

 

Discográfica: Inside Out.

Puntuación: 7 / 10.

Autor: Manuel Martínez Ferrándiz.

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