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Ministry – Hate To Go – Take Out Or Delivery

Crítica

Después de varios amagos de retirada, giras de despedida y declaraciones que parecían anunciar el final de una etapa, Al Jourgensen afronta la que podría ser la última página de la historia de Ministry. Y lo hace sin dramatismos ni aparentes cuentas pendientes: sencillamente, con la sensación de haber dicho todo lo que tenía que decir. Hate To Go (Take Out or Delivery) se presenta así como un cierre de ciclo que, lejos de buscar una salida discreta, mantiene intacta la voluntad de incomodar, denunciar y sacudir conciencias que ha definido a la banda durante más de cuatro décadas.

Conviene, eso sí, ajustar las expectativas. El álbum no deslumbra de inmediato ni ofrece una sucesión de composiciones destinadas a convertirse en clásicos instantáneos. Su propuesta se mueve, en buena medida, dentro de las coordenadas industriales y electrónicas de los últimos trabajos, con abundantes capas de samples, ritmos mecánicos y atmósferas sombrías. Sin embargo, a medida que avanzan las escuchas, aparecen matices que enriquecen el conjunto y permiten reconocer una voluntad de síntesis: una especie de recorrido por distintas etapas de la trayectoria del grupo, desde sus primeras inclinaciones electrónicas hasta la contundencia metálica que terminó convirtiéndose en su sello.

La inicial «Crickets» funciona como una declaración de intenciones. El sonido de los grillos da paso a una descarga de guitarras distorsionadas y percusión frenética que pronto desemboca en ese caos cuidadosamente organizado tan característico de la formación estadounidense. «Voices of Hate» mantiene la presión con una estructura directa y agresiva, mientras que «Clown Car» apuesta por una velocidad casi desquiciada, cercana al thrash más abrasivo. Son piezas que recuperan la violencia de la etapa de Filth Pig y, especialmente, la ferocidad de Psalm 69: The Way to Succeed and the Way to Suck Eggs, aunque filtradas por una producción contemporánea, densa y cargada de elementos electrónicos.

La repetición también desempeña un papel fundamental. Lejos de limitarse a acumular distorsión, el disco construye buena parte de su identidad mediante patrones insistentes, ritmos marciales y riffs que ganan eficacia a fuerza de perseverancia. «Singularity» representa bien esa fórmula, combinando precisión mecánica y guitarras demoledoras, mientras que «We Hate» se apoya en un groove más pesado y una interpretación vocal especialmente venenosa. La crítica política vuelve a ocupar el centro del discurso, con Donald Trump y la deriva autoritaria estadounidense entre los objetivos más evidentes de una ira que, por desgracia, sigue encontrando motivos de sobra para manifestarse.

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En este terreno, «Delete» amplía el foco hacia la dependencia tecnológica y el deterioro del debate público en la era digital. Los fragmentos vocales, las interferencias y los ritmos fragmentados refuerzan una sensación de saturación que encaja con el mensaje. Por su parte, «Grifter» reduce las revoluciones y se adentra en una psicodelia oscura, sostenida por una base repetitiva y un desarrollo más atmosférico. La presencia de referencias políticas explícitas no impide que la composición encuentre espacio para la ironía y el sarcasmo, dos recursos que Jourgensen continúa manejando con considerable soltura.

Uno de los momentos más interesantes llega con «The White Man Lied», donde las capas de guitarras conviven con una melodía más reconocible y ciertos ecos de la new wave gótica. Sin abandonar la inquietud industrial, la canción demuestra que el grupo todavía puede generar tensión a través de los arreglos y las atmósferas, sin depender exclusivamente del impacto físico. En el extremo opuesto, «Burned Out» recupera algunos elementos melódicos y sintéticos asociados a sus primeros años, incorporándolos con naturalidad a un sonido mucho más pesado. Es una buena muestra de cómo las distintas identidades de la banda pueden coexistir sin que el resultado pierda cohesión.

El cierre, «We’re Still Here», tiene un significado especial por la participación de Paul Barker, colaborador fundamental durante una de las etapas más celebradas de la formación. La reunión, eso sí, es limitada y no desemboca en una composición memorable por sí misma. Se percibe el intento de recuperar aquellas densas texturas que definieron la sociedad creativa entre ambos músicos, aunque es en su tramo final, expansivo y psicodélico, donde la canción termina adquiriendo verdadera dimensión. Queda cierta sensación de oportunidad parcialmente desaprovechada, compensada por el valor simbólico del reencuentro.

En definitiva, Hate To Go (Take Out or Delivery) quizá no sea la despedida perfecta. Alguna poda en el repertorio y un par de riffs especialmente inspirados habrían contribuido a redondear el resultado. Aun así, su relativa homogeneidad, la variedad de enfoques y la persistencia de un discurso incómodo juegan a su favor. No hay aquí una banda dispuesta a vivir de sus recuerdos ni un líder interesado en suavizar su mensaje para hacer más amable la despedida. Hay, en cambio, un último ejercicio de confrontación que conserva la identidad del proyecto y reivindica su legado sin caer en la nostalgia fácil.

Si este es realmente el capítulo final, el balance resulta más que digno. Los engranajes siguen girando, la maquinaria continúa rugiendo y la indignación permanece intacta. Tal vez haya llegado el momento de apagarla, pero Ministry se marcha dejando claro que, mientras el mundo siga ofreciendo motivos para la rabia, su ruido seguirá teniendo sentido.

Listado de temas:

1. Crickets
2. Voices of Hate
3. Clown Car
4. We Hate
5. Delete
6. Grifter
7. The White Man Lied
8. Singularity
9. Burned Out
10. We’re Still Here

 

Line Up:

Al Jourgensen: vocals, guitar, keyboards
Cesar Soto: guitar
John Bechdel: keyboards
Monte Pittman: guitar, bass
Paul D’amour: bass
Pepe Clarke Magaña: drums
Paul Barker: vocals, bass, keyboards (guest)

 

Puntuación. 8/10

Discográfica: Cleopatra Records

 

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