RAMMSTEIN ilumina y colapsa Donostia
Después de exactamente veinte años sin pisar la capital gipuzkoana, llegaba el esperadísimo momento de que Rammstein volviese a pisar Donostia. El revuelo generado el día que se anunció este concierto vaticinaba lo que ocurriría el pasado miércoles en el Estadio de Anoeta.
Desde muy pronto por la mañana, cientos de personas se arremolinaban alrededor del recinto haciendo cola para conseguir la mejor ubicación posible en el concierto. En esta ocasión y, seguramente debido a que las entradas eran nominativas, no vimos gente tratando de revender sus tickets –solo unos pocos a última hora– o, quizás, en realidad nadie quería perderse el espectáculo.

Donostia había sido la elegida para la primera de las dos fechas confirmadas por los alemanes en nuestro país –la otra, Barcelona el día 11 de junio–, en su gira europea en estadios. La ciudad se colapsó bastante a la hora de encontrar dónde aparcar –aquellos que se acercaron en coche–, o incluso en transporte público, ya que algunos servicios de autobús desde ciudades cercanas, incluso habiendo sido reforzados, se quedaron sin plazas en horarios puntuales. De todas maneras, se ofrecieron servicios lanzadera desde diferentes puntos que, como era de esperar, también se llenaban rapidísimo.
Para dar comienzo a la velada, las pianistas francesas Abélard iniciaban su actuación algo antes de las nueve de la noche, cuando los primeros en entrar tras la apertura de puertas a las seis, ya llevaban casi tres horas por allí. Algunos cerveza en mano, otros simplemente manteniendo el sitio privilegiado que habían logrado entrando tan pronto. Lo cierto es que las pianistas no recibieron demasiada atención y muchos de los asistentes comentaban que al principio les pareció que era un hilo musical hasta que las vieron tocando sobre una plataforma ubicada en el centro –aproximadamente– del césped de Anoeta. Estas chicas lo hacen muy bien, sin embargo la gente viene preparada para otro estilo y, a veces, sus versiones de Rammstein no llegan a encajar en las apetencias de los fans de los teutones. En la versión de “Du Hast”, parece que el ambiente se animó un poco y recibieron una gran ovación.

Así, a lo largo de la actuación de Abélard, el estadio se fue llenando y sobre las nueve y media ya observábamos que el recinto estaba prácticamente a reventar. Con las primeras notas de Händel, Anoeta entero se tambaleó, pues esto significaba que llegaba la buena tralla. Como viene siendo habitual desde hace ya unos años –y para los que hemos podido disfrutar de Rammstein en directo en unas cuantas ocasiones es ya casi un clásico–, “Ramm 4” sirve para dar el pistoletazo de salida a un auténtico bombardeo de fuego y sonido. A partir de aquí ya el show nos trasladaría durante un par de horas al mundo que los de Till crean para sus fans en cada uno de sus shows.
“Links 2-3-4” fue la encargada de unir la apertura de “Ramm 4” con Keine Lust y “Sehnsucht” para dar paso a la que, tras este puñado de clásicos, terminaría por poner patas arriba el estadio: “Asche zu Asche”. Este regreso a su primer álbum de estudio, el “Herzeleid”, allá por 1995 supuso que las 37.000 personas que se habían acercado a verles y, sobre todo, los fans más incondicionales desde sus inicios, enloqueciesen. Entre llamaradas, pirotecnia y demás efectos, en lo que parece más una película que un concierto por el espectaculazo que presentan los chicos de Till Lindemann, la noche fue avanzando.

“Mein Herz Brennt” fue seguida por “Puppe”, tema en el que sacaron sobre el escenario un descomunal carrito de bebé al que, más adelante, prenderían fuego. Cómo no, para equilibrar un poco este aura macabra, lanzaron confeti hacia el público, dejando de nuevo una buena sensación en el ambiente. Esta actuación teatral dio paso a “Wiener Blut” con toda su potencia y muchísimo humo, que fue seguida por un corte considerablemente nuevo, ‘Zeit’, que daba nombre a su octavo disco publicado hace un par de años. Pasó un tanto desapercibido, para ser realistas, ya que la mayoría de seguidores ya sabían lo que venía a continuación y probablemente preferían recargar un poco sus energías.
La coreografía de esos ‘muñequitos’ que ya son como de la familia, una especie de esqueletos con lucecitas, anunciaba que se acercaba lo que se ha convertido ya casi en un himno: “Deutschland”. A pesar de que este tema, extraído de su séptimo disco, “Rammstein” (2019), cuenta solo con cinco años de antigüedad, lo cierto es que fue tal pepinazo que se ha incorporado como uno de sus cortes estrella en cada uno de sus conciertos. Sencillamente espectacular.

Con el listón tan alto, era casi imposible mantener el nivel pero lo hicieron sin problema. “Radio”, también del “Rammstein”, con su toque fiestero que parece que anima a bailar, dio paso a “Mein Tail” y a un Till vestido de cocinero –muy donostiarra esto, para qué engañarnos– intentando darle un toque a la brasa, dentro de un caldero, a su teclista, ‘Flake’ Lorenz, que suele ser el que recibe casi todas las ‘torturas’ por parte del frontman.
Y llegó el momento del apocalipsis: “Du Hast”. La pirotecnia cruzaba Anoeta desde el arco que Till accionaba –como si se tratase del fin del mundo–, para dar comienzo a la brutal canción que, con la tontería, tiene ya veintisiete añitos y nos hace sentirnos un poco ‘mayores’ a aquellos que compramos el “Sehnsucht” en tienda el día de su lanzamiento. No hay mucho que decir de “Du Hast” en directo que no pueda resumirse con ‘pelos de punta’. Es la sensación que mejor puede retratar ese momento plagado de fuego, pirotecnia y la que es la canción más representativa del grupo alemán.

Tras “Du Hast” los clásicos se fueron sucediendo uno tras otro: “Sonne”, “Engel” interpretado junto a Abélard desde el escenario trasero, acompañados al piano por estas chicas francesas, lo que le da un encanto especial a este corte, “Ausländer” para regresar de nuevo a ese “Rammstein” y volver, de nuevo, a otra tanda de temas más añejos.
En este encore, “Du Riechst So gut” sonó potentísima, con RZK y Paul Landers jugando entre un despliegue monumental de luces, fuego y pirotecnia, en la línea de lo que había sido el resto del show. Y llegaba otro de los momentazos que tanto nos gustan en los conciertos de esta banda: esa máquina en la que Till se monta, que se asemeja a una forma fálica gigante y desde la que lanza espuma al público en el tema “Pussy”. Corregimos: nos gusta y nos disgusta a la vez, porque siempre es un preámbulo al final del concierto; sabemos que ya queda poco.

La impresionante “Ich Will”, que personalmente nos encanta, con ese inicio tan característico y en la que Till pidió a su público levantar las manos y que no acabase la fiesta todavía llegaba después. Sin embargo ya quedaba muy poco: la homónima “Rammstein” sucedida por “Adieu” –en la que Till dirigió un amable “San Sebastián Eskerrik asko!” a su público–, pusieron el broche final a más de dos horas de show incesante, pirotecnia y todo tipo de recursos visuales y sonoros. Ver a Rammstein en directo al menos una vez en la vida debería ser una obligación para toda persona que aprecia la música y los espectáculos de calidad.
Una noche llena de estímulos que será recordada por todos y cada uno de los allí presentes siempre, sin ninguna duda. Veinte años era demasiado tiempo sin pisar Donostia y por fin, han reseteado el contador. Esperamos no tener que dejar pasar otras dos décadas para que regresen a esta ciudad, en la que, a juzgar por los días previos –durante los cuales los miembros de la banda fueron vistos haciendo turismo por la zona–, han disfrutado de lo lindo. Ojalá vuelvan pronto.
Autora: Oiane Díaz
Fotos: Get In

























