Airbourne — Airbourne

Crítica

Hay bandas que, con el paso de los años, intentan demostrar que han cambiado. Airbourne, en cambio, parece empeñada en demostrar que no lo necesita. Casi veinte años después de Runnin’ Wild, el grupo australiano regresa con un sexto álbum homónimo que funciona, ante todo, como una declaración de principios: guitarras al frente, baterías que golpean como si tuvieran una deuda pendiente con el mundo, estribillos hechos para ser gritados en directo y una absoluta ausencia de interés por reinventar la rueda. Ni falta que les hace.

La cuestión, claro, es cuánto puede durar una fórmula cuando lleva más de dos décadas funcionando prácticamente sobre los mismos cimientos. Ahí es donde Airbourne resulta tan defendible como discutible. Es probablemente el disco más vital que la banda ha publicado en años, pero también uno que vuelve a poner sobre la mesa sus limitaciones. Airbourne suenan convencidos, musculosos y sorprendentemente frescos; lo que no siempre suena fresco son las canciones.

El arranque es revelador. “Gutsy” entra con el acelerador hundido y resume en pocos minutos el manual de instrucciones de la banda: riff directo, voz áspera, ritmo trepidante y un estribillo que parece diseñado para un festival a las diez de la noche. “Alive After Death (Last Plane Out)” añade algo más interesante, una cierta dimensión emocional alrededor de la idea de que los grandes nombres del rock permanecen vivos a través de sus canciones. Y entonces llega “Here She Comes”, probablemente uno de los grandes aciertos del álbum, con una construcción más ambiciosa y un trabajo de guitarras especialmente inspirado.

Es ahí donde Airbourne consigue convencer: cuando la banda no se limita a repetir el gesto, sino que encuentra dentro de su propio lenguaje alguna manera de hacerlo sonar especialmente bien. La producción de Brian Howes, Mike Fraser y Zakk Cervini favorece precisamente eso. Las guitarras tienen cuerpo y filo, la batería conserva un carácter orgánico y el conjunto suena grande sin caer en una pulcritud que habría sido contraproducente. Hay una voluntad evidente de recuperar cierta sensación física, casi analógica, de ese rock australiano que Airbourne llevan años reivindicando.

Y sí, AC/DC están ahí. Siguen estando ahí. También los Rose Tattoo y, en determinados momentos, ese hard rock de los primeros ochenta que hizo de los riffs sencillos una cuestión de supervivencia. Pero a estas alturas quizá resulte menos interesante preguntarse cuánto debe Airbourne a sus referentes que valorar qué hace con esa herencia. La respuesta no es especialmente revolucionaria, aunque sí efectiva: la convierte en canciones inmediatas, sudorosas y concebidas para el escenario.

“Kid In A Candy Store” lleva esa filosofía al terreno más gamberro y sexual, mientras “Sky High” mantiene el pulso con una mezcla de músculo y descaro. “Who Put The Rhythm In You” introduce una ligera variación en el balance, suficiente para demostrar que incluso dentro de un marco tan estrecho existen posibilidades. No son rupturas estilísticas, ni falta que hace; son pequeños desplazamientos que ayudan a que el disco respire.

El problema aparece cuando las canciones dejan de tener ese punto de inspiración. Airbourne no contiene demasiados desastres, pero sí varios momentos en los que uno tiene la sensación de que el grupo se conforma con una buena idea cuando podría haber buscado una excelente. Los riffs cumplen, los coros funcionan y la ejecución es profesional, pero no siempre hay una melodía o un giro que obligue a volver a la canción. La energía consigue ocultar durante un rato esa falta de profundidad compositiva, pero no puede hacerlo indefinidamente.

“Christmas Bonus” es un buen ejemplo de la relación de amor y odio que plantea el álbum. Es una canción deliberadamente absurda, descarada y con ese sentido del humor de vestuario que forma parte inseparable del ADN de Airbourne. Puede resultar simpática precisamente porque no pretende ser otra cosa. Pero también evidencia hasta qué punto el grupo sigue utilizando el exceso como sustituto ocasional de la inspiración. En directo probablemente funcione como un tiro; en casa, la gracia puede agotarse bastante antes.

A partir de ahí, el disco entra en una zona más irregular. “Last Man Standing” recupera la épica de resistencia que tan bien le sienta a la banda, mientras “Rock N Roll Ya” parece casi una autodefinición. “Bogotá” aporta cierta sensación de carretera y movimiento, y “Hell’s Got No Vacancy” vuelve a colocar los amplificadores en territorio de demolición. Son canciones perfectamente disfrutables, pero cuesta señalar demasiadas como imprescindibles.

El cierre con “Send Me To Rock N Roll Heaven” intenta elevar el discurso. Lemmy, Bon Scott, John Bonham y otras figuras de la historia del rock aparecen como fantasmas tutelares de una banda que, en el fondo, entiende la música como una celebración de quienes vinieron antes. La intención es honesta y el homenaje tiene sentido dentro del universo de Airbourne, aunque la canción no termina de alcanzar la grandeza que pretende. Es más simpática que conmovedora, más celebratoria que memorable.

Y ahí está quizá la clave para entender Airbourne. No es un disco que vaya a cambiar la percepción que nadie tenga de la banda. El detractor encontrará exactamente aquello que siempre le ha molestado: poca evolución, letras simples, estructuras previsibles y una dependencia evidente de sus influencias. El fan, por el contrario, encontrará exactamente aquello que vino a buscar: volumen, actitud, guitarras, sudor y canciones capaces de convertir una sala en un bar australiano a punto de venirse abajo.

Personalmente, me parece más interesante situarlo en un punto intermedio. Airbourne no son unos grandes compositores en el sentido más amplio del término, y probablemente nunca lo han sido. Su talento está en otro sitio: saben construir una identidad sonora reconocible, saben tocarla con convicción y, sobre todo, saben convertirla en espectáculo. Esa capacidad no debería confundirse con profundidad artística, pero tampoco sería justo minusvalorarla. Hay bandas técnicamente más sofisticadas que no conseguirían transmitir ni la mitad de energía.

Después de siete años desde Boneshaker, quizá cabía esperar algo más que una colección de canciones competentes y algunos grandes momentos. El tiempo de espera hacía pensar en una especie de reinicio creativo. No llega. Pero tampoco era necesario. Airbourne no es una resurrección ni una revolución: es una puesta a punto.

Y funciona mejor cuando se entiende desde ahí.

Los australianos siguen volando con el mismo combustible de siempre. A veces alcanzan una altura considerable, como en “Here She Comes”, “Gutsy” o “Alive After Death (Last Plane Out)”. En otras ocasiones se limitan a mantenerse en el aire gracias a la inercia y al oficio. Pero incluso cuando el vuelo se vuelve rutinario, hay algo admirable en una banda que, después de tantos años, continúa creyendo tan firmemente en su propia fórmula.

Airbourne no necesita ser un disco trascendental. Es un disco de rock. De ese rock que pide volumen, cerveza, una guitarra y un escenario. Puede que no haya demasiadas sorpresas a bordo, pero tampoco hay impostura.

Y, a estas alturas, quizá esa sea su mayor virtud: Airbourne no intenta convencerte de que son algo más de lo que son. Simplemente enchufan los amplificadores y vuelven a hacer ruido. A veces con brillantez, otras con oficio, pero casi siempre con una convicción que muchas bandas bastante más ambiciosas harían bien en recuperar.

Listado de temas:

  • Gutsy
  • Alive After Death (Last Plane Out)
  • Here She Comes
  • Kid In A Candy Store
  • Sky High
  • Who Put The Rhythm In You?
  • Christmas Bonus
  • Last Man Standing
  • Rock ‘N’ Roll Ya
  • Bogotá
  • Hells Got No Vacancy
  • Send Me To Rock ‘N’ Roll Heaven

 

Line Up:

  • Joel O’Keeffe vocals, lead guitar
  • Justin Street bass
  • Ryan O’Keeffe drums
  • Matt «Harri» Harrison rhythm guitar

 

Puntuación: 8/10

Discográfica: Spinefarm

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