Crítica
¿Qué caminos le quedaban por explorar a Godflesh? A estas alturas, pocos grupos pueden presumir de haber ampliado tanto los límites de una fórmula tan reconocible. Su influencia sigue siendo evidente —basta escuchar a bandas contemporáneas como Chat Pile para comprobarlo—, pero Justin Broadrick y Ben Green nunca se han limitado a repetir sus propios hallazgos. Tras su regreso, A World Lit Only by Fire recuperó la contundencia más abrasiva del grupo; Post Self sustituyó parte de esa violencia por una atmósfera más introspectiva y espectral, mientras que Purge introdujo ritmos más dinámicos y una inesperada inclinación hacia el groove y la música electrónica. En ese contexto aparece Decay, un disco que, pese a proceder de las mismas sesiones que su predecesor, encuentra su propia identidad.

El origen del álbum podía despertar ciertas dudas. Broadrick ha explicado que Decay nació del enorme conjunto de canciones compuesto durante la gestación de Purge, seleccionando entonces aquellas que mejor encajaban con el propósito de aquel disco y reservando el resto para una futura publicación. Dos años después, ese material ha terminado convertido en el que será el penúltimo capítulo de Godflesh. Lejos de parecer un simple cajón de descartes, Decay funciona como una obra deliberada, más sombría, abstracta y atmosférica que Purge.
Uno de sus mayores aciertos está precisamente en el tratamiento de la voz. Si habitualmente los registros de Broadrick ocupan un lugar central, aquí quedan integrados en la maquinaria sonora. Los rugidos, alaridos y pasajes limpios parecen luchar por hacerse visibles entre bajos monstruosos, guitarras deformadas y baterías programadas con precisión industrial. En “Master and Slave”, la voz prácticamente se descompone dentro de la mezcla, mientras que “Living/Ending” convierte los gritos en una presencia desesperada que intenta escapar de un entramado opresivo. En “Feral Colony” y “Fear of Man”, las voces limpias adquieren un carácter casi fantasmal, como si fueran ecos humanos atrapados dentro de una estructura que ya no les pertenece.
Musicalmente, los cuatro temas centrales representan diferentes variaciones de la gramática clásica de Godflesh: riffs pesados, distorsiones ásperas, ritmos mecánicos y un bajo que amenaza constantemente con tragarse el resto de los instrumentos. Sin embargo, la familiaridad de estos recursos no implica falta de imaginación. “Living/Ending” destaca por la manera en que bajo y percusión se entrelazan hasta crear un movimiento casi hipnótico, mientras que “Fodder” y “Feral Colony” introducen momentos de relativa serenidad dentro de un paisaje dominado por la hostilidad. La producción consigue además un equilibrio notable: el sonido es gigantesco, pero nunca confuso.
Los dos extremos del álbum son, sin embargo, los que mejor explican sus virtudes y sus limitaciones. “Master and Slave” es probablemente su momento más logrado. Su duración está plenamente justificada por una construcción progresiva que parte de un riff demoledor y va incorporando cambios de percusión, ruido electrónico y texturas cada vez más extrañas. Es una pieza repetitiva, pero nunca estática: cada modificación altera la percepción del conjunto y convierte la reiteración en tensión.
“Consume Me”, por el contrario, no alcanza esa misma eficacia. Su minimalismo y su lentitud tienen potencial, pero el motivo principal termina resultando demasiado insistente. La repetición es una de las herramientas fundamentales de Godflesh, aunque aquí la frontera entre hipnosis y monotonía se cruza en algunos momentos. El tramo final recupera la intensidad gracias a una distorsión progresivamente más agresiva, pero no consigue borrar del todo la sensación de que la composición necesitaba alguna variación adicional.
La producción de Decay también merece una mención especial. Todo el apartado sonoro fue realizado por Justin K. Broadrick en Avalanche Studio, en el Reino Unido, reforzando esa concepción de Godflesh como un proyecto en el que composición, interpretación y producción forman parte de un mismo proceso creativo. Broadrick se encarga de las guitarras, las máquinas y las voces, mientras que Ben Green aporta el bajo. Esta distribución aparentemente sencilla explica buena parte de la identidad del álbum: no existe una separación clara entre instrumento y textura, sino una única masa sonora en la que cada elemento cumple una función dentro de la atmósfera general. Todas las composiciones y letras fueron escritas por Broadrick y publicadas por Mute Song Ltd., confirmando una vez más su papel central en la concepción artística de la banda.
Con todo, Decay supera ampliamente las expectativas que podía generar su condición de material procedente de las sesiones de Purge. Es un trabajo menos inmediato y más preocupado por la textura, el espacio y la sensación de asfixia que por la melodía. Sus pequeñas irregularidades no impiden que conserve una calidad extraordinaria, especialmente teniendo en cuenta la longevidad de la banda.
Si realmente estamos ante una de las últimas obras de Godflesh, resulta difícil imaginar una despedida más coherente. Decay no pretende resumir su trayectoria ni repetir sus grandes éxitos: prefiere encerrarse en sus propias obsesiones y llevarlas hacia terrenos todavía más abstractos. Y quizá ahí esté su mayor mérito. Después de casi cuatro décadas, Broadrick y Green siguen demostrando que la música extrema puede evolucionar sin perder su capacidad de incomodar. Decay no es perfecto, pero sí posee algo más importante: la sensación de que Godflesh todavía tenía algo que decir.

Listado de temas:
Master and Slave
Living/Ending
Feral Colony
Fear Of Man
Fodder
Consume Me
Line Up:
- JK Broadrick – Guitars
- Machines, Vocal
- B Green – Bass
Puntuación: 7,5/10
Discográfica: Relapse Records





