Crítica
Con Fever, Graveyard recuperan buena parte de la electricidad, el nervio y la intensidad que han convertido a los suecos en uno de los nombres más reconocibles del hard rock contemporáneo. Tras la atmósfera más reposada, introspectiva y melancólica de 6 (2023), la banda vuelve a pisar el acelerador sin renunciar a ese poso bluesero, a las texturas setenteras y a la personalidad vocal que definen su sonido. El resultado es un disco que mira hacia sus raíces, pero que no necesita vivir únicamente de la nostalgia para reivindicar su vigencia.

Desde sus primeros trabajos, Graveyard han sabido moverse con naturalidad entre el hard rock de vieja escuela, el blues pantanoso, ciertos matices soul y una sensibilidad melódica que aporta profundidad a sus composiciones. En Fever, esos elementos vuelven a convivir bajo un enfoque más directo y contundente. Las guitarras recuperan protagonismo, la sección rítmica gana peso y las canciones parecen respirar con una urgencia que contrasta con el carácter más contenido de su anterior entrega.
La producción contribuye decisivamente a esa sensación de renovada energía. La mezcla de Pelle Gunnerfeldt conserva la aspereza de las guitarras y la pegada de la batería, pero permite que el bajo, las voces y los distintos matices instrumentales encuentren su espacio. El sonido resulta cálido, orgánico y poderoso, sin caer en una recreación artificial de los años setenta. Graveyard conocen perfectamente sus influencias y saben cómo utilizarlas sin convertirlas en una simple colección de referencias.
En el terreno compositivo, Fever alterna con acierto los momentos más incendiarios con pasajes de cadencia más pausada y envolvente. “Back From The Grave” abre el recorrido con un pulso pesado y una base rítmica que remite al hard rock clásico, mientras las guitarras despliegan ese diálogo entre crudeza y melodía tan característico del grupo. La sensación es la de una banda que vuelve a reconocerse en su faceta más física, apoyándose en riffs robustos y en una interpretación que privilegia el sentimiento por encima del artificio.
“A Better Cut (Note to Self)” representa otra de las caras del álbum. Su desarrollo más reposado permite que afloren el blues, la expresividad vocal y ese punto de melancolía que siempre ha distinguido a Graveyard de otras formaciones de su generación. Aquí no importa tanto la velocidad como la capacidad de construir una atmósfera cargada de tensión, en la que cada guitarra parece prolongar las emociones que transmite la voz. Es precisamente en estos momentos cuando la banda demuestra que su identidad no depende exclusivamente de la distorsión o de la contundencia rítmica.
Por su parte, “A Means to an End” encuentra su fuerza en la repetición hipnótica de los motivos instrumentales y en una progresión que va acumulando intensidad hasta desembocar en un desenlace eléctrico. La sencillez aparente de su estructura es una de sus virtudes: Graveyard saben cómo mantener el interés sin necesidad de recurrir a giros innecesarios, dejando que el ritmo, el volumen y las variaciones de guitarra conduzcan la canción. En otros momentos, el bajo adquiere un protagonismo especial y refuerza ese carácter casi físico que recorre buena parte del disco.
También hay espacio para recuperar la vertiente más narrativa y contenida del grupo. “Dead Note” conserva parte de la introspección asociada a 6, aunque ahora aparece integrada en un contexto de mayor empuje instrumental. Este equilibrio entre la electricidad y la pausa evita que Fever se convierta en un ejercicio uniforme de hard rock y recuerda que la evolución de Graveyard nunca ha consistido únicamente en endurecer su sonido, sino en explorar distintas formas de expresar una misma sensibilidad.
Precisamente, esa es una de las claves del álbum: la recuperación de una energía más inmediata no implica una ruptura con el camino recorrido. Si 6 apostaba por los silencios, las dinámicas contenidas y una expresividad más crepuscular, Fever parece transformar aquella experiencia en una nueva necesidad de movimiento. La banda vuelve a sonar más expansiva, pero mantiene la capacidad de introducir sombras, matices y pequeños detalles que enriquecen sus composiciones.
¿Supone esto una reinvención? No exactamente. Graveyard no buscan desmontar su lenguaje ni sorprender mediante cambios radicales. Su propuesta continúa asentada en una tradición reconocible, con ecos de Led Zeppelin y del blues rock clásico, guitarras saturadas, ritmos insistentes y melodías que combinan intensidad y vulnerabilidad. Sin embargo, la familiaridad de sus recursos no tiene por qué convertirse en un defecto cuando existe una interpretación convincente y una escritura capaz de dotarlos de personalidad. El desafío está en evitar la repetición automática, y Fever encuentra buena parte de su interés en la variedad de sus dinámicas y en la manera de alternar contundencia y sensibilidad.

En definitiva, Fever presenta a unos Graveyard conectados de nuevo con su faceta más ruidosa, visceral y rockera, sin borrar las inquietudes que afloraron en sus trabajos más recientes. Es un álbum de guitarras con carácter, ritmos envolventes y canciones que encuentran su fuerza en la interacción entre los músicos, antes que en la búsqueda de una modernidad forzada. Puede que no altere las coordenadas del género, pero tampoco parece necesitarlo: su objetivo es recuperar el pulso, reivindicar el poder del rock tocado con convicción y demostrar que todavía hay espacio para evolucionar dentro de una identidad bien definida.
Con Fever, Graveyard no regresan al pasado; recuperan una parte esencial de sí mismos y la ponen otra vez en movimiento. Un disco de hard rock con alma blues, músculo setentero y suficiente vitalidad como para recordar que, en ocasiones, la mejor manera de avanzar consiste en volver a enchufar los amplificadores y dejar que las canciones hablen por sí solas.
Listado de temas:
01. Back From The Grave
02. Tongue Tied
03. A Better Cut (Note To Self)
04. Year Of The Horse
05. A Means To An End
06. Time To Tell
07. Don’t Shoot!
08. Room Tempered
09. Dead Note
Line Up:
Joakim Nilsson – guitarra, voz
Jonatan Larocca-Ramm – guitarra, voz
Truls Mörck – bajo, voz
Oskar Bergenheim – batería
Puntuación: 8/10
Discográfica: Nuclear Blast





