M CLAN – PARA NO VER EL FINAL

Crítica

Es preocupante que a día de hoy siga habiendo gente dentro del mundillo rockero que todavía no tenga claro que M CLAN es un ejemplo imprescindible (más allá de gustos) a la hora de explicar en qué consiste el rock cantado en castellano (lo mismo se podría aplicar a Ariel Rot). Desconozco por qué extraña razón todavía sigue habiendo personas que ponen en duda que M CLAN es una banda de rock con todas las letras.

Puede que uno de los motivos sea que la gente muchas veces saca conclusiones a la ligera, a través de argumentos que cojean y están salpicados de topicazos que desprenden un olor a bilis y a pataleo de adolescente (aunque el indignado esté ya crecidito). Y lo que es más grave: muchas veces esas mismas personas que ponen el grito en el cielo ni siquiera se han molestado en escuchar el disco en cuestión.

Lo que es evidente es que, desde la salida de Usar y tirar (un buen disco, le pese a quien le pese) y, sobre todo, de Sin enchufe, un sector de la opinión pública rockera le ha adjudicado a M CLAN una etiqueta (no carente de cierta inquina) que desde mi punto de vista es completamente injusta, inmadura, paleta y engañosa. ¿Acaso no es irresponsable y exagerado valorar la evolución de la banda centrándonos en Carolina?.

Seamos serios: la evolución musical de M CLAN no es comparable al caso de Dover (donde más que evolución hubo una cirugía estética musical en toda regla, independientemente de que, obviamente, es algo tan criticable como lícito). Los murcianos jamás se han desmarcado de su honesta  y rockera propuesta inicial; tan sólo la han matizado y pulido (y muy bien, por cierto).

Es por eso que me molesta especialmente el trato que M CLAN recibe de ese pequeño pero ruidoso sector, más allá de que sea una banda que no tiene nada que demostrar. Sinceramente, se me hace imposible creer que alguien que haya escuchado Memorias de un espantapájaros (su anterior trabajo, publicado en 2008) pueda estar hablando en serio cuando afirma con contundencia que esta banda «se ha vendido», puesto que estamos hablando de un trabajo que, al igual que este Para no ver el final, no creo que encaje ni de lejos dentro del estereotipo del oyente medio de los 40 Principales. Y sí, lo confieso, me parece vergonzoso que a estas alturas del partido haya que seguir explicándolo (y sin entrar en Defectos Personales y La Sopa Fría, que se encuentran muy lejos de ser discos malos).

Para no ver el final es, ante todo, un disco que desprende una innegable enjundia musical. Carlos Tarque (posiblemente la mejor voz en activo del rock español) y Ricardo Ruipérez han facturado un disco cuyo equilibrio está sustentado en el buen criterio a la hora de saber reinventarse (sin caer en el error de jugar a lo que no se sabe jugar) con una dosis milimétricamente medida de matices (y subrayo lo de matices) soul a través de una sección de vientos que, lejos de quedar forzada, le aporta al disco una elegancia que se aprecia con nitidez.

Y es que elegancia es la palabra perfecta para resumir este trabajo, en el que vuelve a dejar huella el siempre bienvenido Carlos Raya. Y dicha elegancia no sólamente es consecuencia de esos (relativamente) nuevos matices. Temas como Hasta que se acostumbre a la oscuridad, Desesperación por verte o Se hizo de noche cuando te conocí (con todas las papeletas para, a simple vista, ser etiquetados como los más densos del disco) también tienen una altísima cuota de culpa de que el resultado final esté tan bien compensado.

El primero está dotado de una preciosa letra y de una calidad musical incontestable; el segundo nos atrapa con una atmósfera tan gris y angustiante como adictiva, y el tercero es un exquisito blues con momentos realmente espectaculares que suponen una verdadera lección de cómo ejecutar un tema con intensidad y maestría. Y es que escuchar este disco no es sinónimo de subirte a una montaña rusa en la que la irregularidad desluce el resultado global.

Para no ver el final, Ahora y Carrusel pueden ser tres ejemplos a la hora de señalar los temas que, sin renunciar a la bases rockeras, beben de las ya mencionadas fuentes del Soul, mientras que Calle sin luz y la optimista Basta de Blues podrían ser consideradas como las canciones más “estándar” y convencionales del disco, que concluye con  Gracias por los días que vendrán. Mención aparte se merece Me voy a dejar llevar, que si bien también se sitúa dentro de los mismos parámetros generales de otras composiciones souleras del disco, tiene algo que la diferencia claramente del resto.

Puede que sea su frescura la que, al escucharla por primera vez cuando fue promocionada como avance del disco (por cierto, el videoclip es para quitarse el sombrero), consiguió descolocarme positivamente (puede que el título haga mención a esa frescura). Lo que sí tengo claro es que el hecho de que una banda sepa descolocarte de esa forma es señal inequívoca de que su música está viva.

Ojalá ese sector reacio del que hablé en los dos primeros párrafos decida aparcar esos prejuicios y disfrute con calma de este disco. No me atrevo a afirmar que les pueda llegar a gustar, y además eso es lo de menos (es muy respetable cerrarse en banda y negarse a ver más allá de ese discazo llamado Coliseum, pero me parece una pena que por ello un disco como el que estamos analizando pase desapercibido). De lo que sí estoy prácticamente seguro es de que los que sí lo escuchen con atención llegarán a dos conclusiones. La primera es que la calidad musical de este disco está fuera de dudas. La segunda es que seguir empeñados en poner en duda la credibilidad de M CLAN es insultar a la música y al sentido común.

Puntuación: 9

Discográfica: Dro

Autor: Joaco Maidagan

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