Más de cinco décadas después, Judas Priest sigue mandando en el reino del heavy metal
El martes por la noche el Navarra Arena de Pamplona se convirtió en una auténtica catedral del heavy metal. No era una fecha más dentro de la programación musical del verano. Judas Priest llegaba a la capital navarra en una de sus dos únicas citas españolas de 2026, dentro de su Faithkeepers Tour, acompañado por dos formaciones que por sí solas ya habrían justificado la visita: Dirkschneider y Airbourne. Tres nombres, tres generaciones y tres maneras diferentes de entender el rock más contundente se dieron cita ante un público que fue ocupando el pabellón desde primera hora de la tarde.

La puntualidad fue una de las constantes de la jornada. Sin esperas innecesarias ni retrasos, Udo Dirkschneider fue el encargado de inaugurar la descarga. El veterano vocalista alemán apareció con la determinación de quien sabe perfectamente qué espera el público y abrió el concierto con “Fast as a Shark”, perteneciente a Restless and Wild (1982). Desde ese instante, el Navarra Arena quedó sumergido en el sonido clásico de Accept, basado en riffs poderosos, velocidad y una contundencia que no entiende de modas.

El repertorio fue breve, pero muy bien seleccionado. “Living for Tonite” y “Midnight Mover”, ambas de Metal Heart (1985), llegaron consecutivamente para recuperar uno de los trabajos fundamentales del grupo germano. Después sonaron “Breaker”, del álbum Breaker (1981), y la propia “Metal Heart”, antes de que “Princess of the Dawn” devolviera el protagonismo a Restless and Wild. El momento culminante llegó con “Balls to the Wall”, himno absoluto de Accept y una elección especialmente significativa en una gira que conmemora el 40 aniversario de una de las grandes obras del heavy europeo. “Burning”, perteneciente a I’m a Rebel (1980), puso el punto final a una actuación que demostró que aquellas composiciones continúan funcionando con una fuerza extraordinaria.

Si Dirkschneider representó la tradición más pura del heavy alemán, Airbourne fue la encarnación del hard rock más físico, directo y descontrolado. Los australianos salieron al escenario con Joel O’Keeffe al frente y convirtieron desde el primer minuto el Navarra Arena en un lugar difícilmente compatible con la tranquilidad. “GUTSY” abrió la actuación y “Too Much, Too Young, Too Fast” mantuvo el acelerador hundido hasta el fondo.

La banda no necesita demasiados artificios para conseguir que sus conciertos se conviertan en una fiesta. Sus canciones poseen la estructura necesaria para levantar a cualquier público, pero es la actitud de su cantante y guitarrista la que termina de transformar el espectáculo. Con “Ready To Rock”, O’Keeffe abandonó las tablas para acercarse a los seguidores de las primeras filas y protagonizar una de las escenas más características de sus actuaciones: cerveza, provocación y una enorme capacidad para convertir al público en parte del espectáculo.

Durante todo el concierto el australiano apenas permaneció quieto. Corrió, saltó, levantó la guitarra y buscó constantemente la complicidad de los asistentes. “Breakin’ Outta Hell” volvió a disparar la intensidad, mientras “Live It Up” sirvió como introducción al esperado ‘Bar Lemmy’. El peculiar establecimiento, convertido ya en uno de los elementos clásicos de sus conciertos, apareció en el Navarra Arena y permitió a O’Keeffe repetir su tradicional lanzamiento de cervezas.

La recta final incorporó “Alive After Death (Last Plane Out)”, una composición reciente que demostró que la fórmula de los australianos sigue funcionando también cuando se aleja de sus canciones más conocidas. Sin perder velocidad, el grupo llegó hasta “Runnin’ Wild”, despedida perfecta para una actuación que dejó el pabellón preparado para el acontecimiento principal de la noche.

Después de la espera, las luces se apagaron y una introducción anunció la llegada de Judas Priest. Los primeros acordes de “You’ve Got Another Thing Comin’” desataron una primera explosión de entusiasmo. El telón cayó y apareció la formación británica ante un recinto ya completamente entregado. No hizo falta demasiado tiempo para comprender que la noche iba a estar marcada por una combinación de clásicos, sorpresas y material más reciente.
“Metal Gods” y “Breaking the Law” terminaron de encender el ambiente, pero la aparición de “The Ripper” introdujo uno de los primeros grandes regalos para los seguidores históricos. El tema no formaba parte del repertorio habitual desde marzo de 2019 y su recuperación confirmó desde muy pronto que esta gira no pretende limitarse a reproducir el mismo espectáculo una y otra vez.

El recorrido continuó con “The Sentinel” y “Desert Plains”, dos composiciones que permitieron regresar a distintas etapas de la trayectoria del conjunto. Después llegó “Lightning Strike”, perteneciente a una época mucho más reciente, demostrando que el repertorio actual puede convivir perfectamente con canciones que llevan varias décadas formando parte de la memoria colectiva del género.
La estructura del concierto evitó cualquier sensación de recorrido cronológico. En lugar de avanzar desde los primeros discos hasta la actualidad, la banda fue alternando épocas, sonidos y velocidades. “Turbo Lover” trasladó al público a los años ochenta y, poco después, “Steeler” volvió a ejercer como inesperada sorpresa. La recuperación de esta canción, ausente de los escenarios durante años, provocó una respuesta especialmente entusiasta entre los aficionados más fieles.

El tramo siguiente mantuvo ese carácter especial con “Delivering the Goods”, otra pieza recuperada después de no sonar en directo desde 2019. A partir de ahí, el concierto volvió a combinar pasado y presente con “Panic Attack”, una de las composiciones más destacadas de Invincible Shield. La canción demostró que el material reciente no desentona en absoluto junto a los grandes clásicos.
Después llegó “Victim of Changes”, una pieza fundamental de la primera época, seguida de “Halls of Valhalla”. El contraste entre ambos temas reforzó la sensación de amplitud de una carrera que abarca más de cinco décadas. Y entonces llegó “Painkiller”. Los primeros acordes bastaron para convertir el Navarra Arena en una olla a presión. La canción sigue siendo una de las demostraciones más contundentes de la capacidad de esta banda para acelerar hasta límites extremos y, una vez más, funcionó como una auténtica descarga de adrenalina.

En el centro del espectáculo estuvo Rob Halford. El vocalista continúa siendo la gran figura escénica del grupo. Es evidente que el paso del tiempo ha afectado a determinadas líneas vocales, pero su autoridad, su carisma y su capacidad para dominar el escenario permanecen intactos. No necesita sobreactuar. Una mirada, un gesto o la forma de levantar el micrófono son suficientes para provocar una reacción inmediata entre los asistentes.
Durante la noche se mostró además especialmente comunicativo y cercano. Disfrutó de la respuesta del público y mantuvo una conexión constante con las gradas y la pista. A estas alturas, Halford no necesita demostrar quién es, pero su actitud deja claro que todavía disfruta enormemente de estar sobre un escenario.

El resto de la formación respondió a la altura. Richie Faulkner volvió a demostrar que se ha convertido en una pieza esencial de la encarnación actual, combinando precisión técnica y actitud en sus solos. Andy Sneap aportó solidez desde la segunda guitarra, mientras Scott Travis sostuvo el repertorio con una batería contundente y poderosa. Ian Hill, siempre más discreto, volvió a cumplir su función con esa presencia silenciosa pero indispensable que le ha acompañado desde los orígenes.
También tuvo un peso importante la producción visual. Cinco pantallas situadas en el propio escenario y una gran pantalla detrás de la batería acompañaron el concierto con vídeos, imágenes y proyecciones. El diseño de luces reforzó cada momento sin llegar a competir con la música. Todo estaba concebido para aportar espectacularidad, pero sin convertir la puesta en escena en protagonista.

El tramo final fue una sucesión de imágenes y canciones convertidas ya en parte de la liturgia del heavy metal. Tras “Painkiller”, los músicos abandonaron brevemente el escenario antes de regresar con “Electric Eye”. El tema desembocó en “Hell Bent for Leather”, momento en el que Rob Halford apareció sobre su motocicleta, enfundado en cuero y convertido, una vez más, en la imagen más reconocible del género.
La ovación fue inmediata. No importa cuántas veces se haya visto esa escena: continúa funcionando. Forma parte de la identidad de una banda que ha creado una iconografía propia y que sabe perfectamente cómo utilizarla sin caer en la simple repetición.
“Living After Midnight” puso el cierre definitivo. Todo el pabellón se sumó al estribillo de uno de los himnos más populares de la formación, convirtiendo los últimos minutos en una celebración colectiva. Sobre el escenario quedaba una banda que, después de más de medio siglo de trayectoria, todavía es capaz de provocar esa sensación de acontecimiento.

La cita de Pamplona dejó, por tanto, algo más que un buen concierto. Dirkschneider recordó de dónde proceden buena parte de los grandes riffs del heavy europeo; Airbourne demostró que el hard rock todavía puede ser peligroso, sudoroso y divertido; y Judas Priest confirmó que su legado no necesita vivir exclusivamente del pasado. La recuperación de temas poco habituales, la presencia de canciones recientes y una producción renovada dieron a la Faithkeepers Tour una personalidad propia.
El Navarra Arena fue testigo de una noche de esas que justifican una entrada y un viaje. Tres generaciones compartieron escenario, pero fue la última de ellas la que terminó imponiendo su ley. Los sacerdotes del metal volvieron a oficiar su ceremonia y, en Pamplona, la fe estuvo más que justificada. Más de cinco décadas después de su nacimiento, Judas Priest continúa demostrando que algunas bandas no envejecen: simplemente aprenden a hacer de su historia una parte todavía más poderosa de su presente.
Autor: Daniel Oyarzabal
































