Entrevista a Enric Gisbert (2ª parte): “Forzar el crossover me parece un fallo creativo de nuestro tiempo”

Tras una primera entrega en la que pudimos profundizar en los orígenes y claves del universo creativo de Enric Gisbert, nuestro redactor Joss Metalcry, que llevaba ya bastante tiempo siguiendo la pista del artista para conseguir esta charla, regresa con la parte definitiva de este esperado encuentro.
Tu formación pasa por el Diseño Industrial en la Escola Massana, la Academia Joso (donde estudiaste aerografía e ilustración) y cursos de fotografía con Marcelo Isarrualde. ¿Diseñabas ya portadas de discos en tu cabeza antes de que te las encargaran profesionalmente?
Eso me temo. Seguro que eran un desastre, no conservo casi nada de esas épocas, apenas algunos dibujos. Pero no solo portadas, en mis archivos había de todo. Eran épocas muy intensas, con una capacidad tremenda de hacer cosas horribles que tu sesgo tendía a ver como auténticas maravillas. Por fortuna, el tiempo pone las cosas en su sitio. Probablemente la papelera (risas).
¿Llegaste a aplicar la aerografía analógica en algún proyecto musical antes de que el Photoshop lo cambiara todo?
No. Llegué tarde. Apenas toqué el aerógrafo, como no fuera para dibujos artísticos. La primera portada de EL FANTÁSTICO HOMBRE BALA ya tuvo no menos de 70 horas de proceso de programa, Photoshop a saco.
Recuerdo dejar el ordenador mañanas enteras, renderizando los cambios de capas y retoques que había hecho. Hoy serían cinco minutos, pero entonces tardabas días en hacer un montaje de portada. Aun así, era más cómodo que ponerte con lo analógico. En poco tiempo, ya nadie quería nada que no fuese máquina.

Has realizado el soporte gráfico para sellos como EMI, Musea Records o Tsunami Records, y para bandas como EL FANTÁSTICO HOMBRE BALA y DIFÍCIL EQUILIBRIO. ¿Cuál es el mayor reto visual a la hora de traducir el sonido de un grupo a una imagen fija?
Eso depende. A veces el cliente tiene una idea clara. Otras, va perdido y no sabe lo que quiere. Cada proyecto es un mundo.
En el caso de EL FANTÁSTICO HOMBRE BALA, en los LP dieron muy poca libertad. Llegaban por consenso a las ideas y, claro, solo faltaba que dieras tú tu opinión. No, mejor tratar de solucionar la idea del grupo lo más consistente posible. En un par de singles como “Sin Filosofía» y “Tierra De Cerdos” sí que me dieron más cancha y se quedaban sorprendidos de lo que salía, pero les gustaba.
Con DIFÍCIL EQUILIBRIO fue diferente. Alberto Díaz y Luis Rodríguez se lo pasaban en grande con mis diseños y aportaban unas ideas cojonudas, también. Además, yo hacía todo el material a la vez que tocaba con ellos. La felicidad de trabajar en tu propio proyecto supongo que daba mucho más juego: fotos propias de todos los miembros del grupo, uso compacto de tipografías, cartelismo gráfico agresivo… lo pasábamos bien haciendo material de promo. De hecho, tengo también mucho material de cosas que quedaron en el tintero y son maravillosas.
En el Rock Progresivo, donde el arte de portada es sagrado, ¿qué concepto gráfico quisiste plasmar para DIFÍCIL EQUILIBRIO?
No era solo mi concepto. Para diseñar me importa mucho la opinión del cliente y DIFÍCIL EQUILIBRIO ya tenían una relación bonita con las portadas. Les gustaba mucho usar obras del pintor abstracto inglés Graham Boyd (1928/2024). Lo que hice es unificar la imagen a nivel de tipografía. Tomé prestada la frase de Henry Ford (1863/1947) “pídeme el color que quieras, mientras sea negro” y para el grupo hice una pequeña matización: “pídeme la tipografía que quieras, mientras sea helvética”.
Para “Simetricanarquia” (2004) ya rompieron la tendencia de usar a Graham Boyd, pero no la de la abstracción. Les gustó mucho una foto mía tirada desde el interior de un coche, con todo de luces movidas que daba un efecto muy especial. Después, para “Flood” (2006), vino una foto de agua en movimiento de Alberto Díaz. Y para “Present Live Tiana” (2008), una de Luis Rodríguez, de su batería, pero en negativo y virada de color, para darle un aspecto desconcertante.
Abstraer, abstraer, abstraer…
Para los roscos de los CD también querían usar siempre el interior de cúpulas, sin texto alguno. Me pareció una idea genial. Me recuerdo tirado en el suelo de uno de los edificios del Hospital de Sant Pau (Barcelona), debajo del trípode, con toda la gente esperando a ser atendida mirándome mal. Creo que era para “Flood” (2006)…

¿Cómo era el proceso de trabajo con las discográficas multinacionales como EMI frente a sellos independientes o de nicho como el sello francés Musea Records?
Lo cierto es que trabajé siempre bastante solo o con la gente de los grupos, sin intromisión alguna externa.
¿Había mucha censura creativa?
¿Te digo la verdad? La sorpresa con EMI fue mayúscula. Yo esperaba que me machacaran el proyecto de la primera portada de «Tierra De Cerdos” (1994). Pero nadie se metió en medio. Nadie. Ni en este ni en ningún diseño posterior. No estoy seguro de si por desidia o porque les gustó mi trabajo. Nadie jamás opinó, aparte de la gente del grupo.
En su momento fue más un alivio que un problema, pero quizás un poquito de crítica no hubiese estado mal. Aunque viendo las portadas de la época, lo que yo hacía tampoco era muy malo. Eso sí, hay una factura que no cobré jamás. Nadie supo decirme qué pasó con ese dinero. Por supuesto, nunca más trabajé con ellos.
Has maquetado para revistas de gran tirada (Lecturas, Clara, Mujer21…) y grandes grupos editoriales como Planeta o RBA. ¿Se trabaja con la misma libertad diseñando la portada de un disco de Rock que maquetando una revista de divulgación?
Nada que ver, de verdad. Supongo que no había líneas artísticas claras en diseño de portadas, por aquella época. El mundo editorial es distinto, pasa muchísimos filtros, algunos innecesarios, como no. Te diría aquello de “libertad cero”. Pasas de diseñador a maquetador, te usan como un joystick.
¿Te servía esa estricta disciplina de quiosco para ser más organizado con los discos?
Um… me dio paciencia. Y técnica. Y autoexigencia.
Algún compañero de profesión me dijo alguna vez que dedicaba demasiadas horas a estos proyectos más creativos, que no podía cobrar lo que realmente valían. Pero yo los disfrutaba. Después del corsé de editorial, poder desmadrarse con los amigos artistas era una gozada.

¿Qué peso le das a la tipografía en la portada de un álbum? ¿Eres de los que creen que el logo de la banda y el título pueden arruinar o salvar una gran ilustración, o tienes manías con ciertos colores? ¿Nos cuenta alguna anécdota sobre eso?
¡Uf! Creo que no hay estrategias buenas o malas, solo proyectos bien o mal realizados. Todo es importante y todo es prescindible. Lo que debes conseguir como diseñador es que funcione, sea imagen, texto, logotipo, isotipo, imagotipo, isologo, un plátano de Andy Warhol (1928/1987) o un brochazo de Mark Rothko (1903/1970).
Me gusta todo. Odio todo. Todo suma, todo molesta.
¿Anécdota? No sé si puede llamarse así, pero ahí va: el mejor trabajo gráfico que hice jamás, del que estoy más contento, no ha sido publicado. Estoy enamoradísimo de los diseños iniciales que hice para “Synàptica”, el proyecto truncado de DIFÍCIL EQUILIBRIO.
Habiendo vivido la transición del vinilo al CD, y luego al entorno digital de plataformas como Macrorraro.com, ¿crees que se ha perdido la magia del diseño gráfico musical al reducirse el tamaño del «lienzo»?
Totalmente. Desapareció ese entorno. Desapareció la magia, salvo en contadísimas excepciones. Súmale a lo poco que queda el uso de muletas digitales y de IAs descontroladas. Cualquiera se hace en casa una portada con un path y un prompt.
¿Hay alguna portada de la que te sientas especialmente orgulloso y otra que, al verla hoy, pienses «madre mía, en qué estaba pensando»?
Tengo que decir que soy muy tolerante con mis cagadas. Tenemos el famoso refrán “quien hace lo que puede no está obligado a más”, y yo siempre pongo lo que tengo, me vacío, ya sea diseñando para un cliente o creando para mí. Otra cosa es que consideren que lo que hago es una mierda. Suelo hablar de mis creaciones como “mis niños”, los quiero a todos por igual.
Tampoco suelo renegar de lo que hice en el pasado. Es cierto que enfocaba menos, sí, y que el tiempo suele ser cruel, pero de los errores también se aprende, y algunos de ellos fueron lecciones maravillosas.
Me encanta equivocarme, disfruto haciéndolo. Siempre vi el perfeccionismo como un error grave, una enfermedad.

Creo que en el 2008 dijiste que estabas «harto de gastar tiempo y dinero en la música» y te pasaste al mundo de la escritura autogestionada por ti mismo. ¿Es la literatura un arte más barato y agradecido para un «boomer de talante disperso»?
Me lo merezco, por bocazas (risas). Lo que sé que sí es cierto es que la música conlleva toda una “impedimenta” que no sucede en escritura, aparentemente. Y digo aparentemente porque para mostrar tus escritos tienes también que trabajar, y mucho. Quizá no tan físico; no hay que cargar amplis ni dormir mal, pero sí tratar con gente, viajar, hacer bolos, talleres, toda una serie de “cosas” necesarias para visibilizar lo que haces. Supongo que en un ambiente profesional todo vale dinero y cualquier disciplina conlleva unos gastos, una economía a la que debes responder.
Pero en el ámbito amateur, sí, la literatura suele ser más barata que el dibujo, la fotografía, la música o el teatro. Lápiz, papel y poca cosa más…
Tu primera novela episódica se titula “Cuando Nadie Nos Ve” (2024), sobre las desventuras de un hombre invisible. ¿Tiene algo esa invisibilidad de tus antiguos proyectos musicales «invisibles»?
Te diría que no, pero… En realidad tiene que ver más con mi manera de ser, con un deseo personal de desaparecer, de quitarme de encima muchas cosas. La vida de músico me expuso muchísimo, más de lo que podía soportar un tipo como yo. Después de tantos años de gestión de egos propios y extraños, acabé agotado. Soy una persona empática y eso te hace cargar con mucho peso que quizás no debería haber asumido. El mundo consiste en dar mucho y recibir poco. Supongo que el invisible de la novela es un poco un reflejo distorsionado del “puré de Enrique”, de lo que quedó de él después de todo el follón en el que se metió.
¿Qué tiene el formato episódico y el relato corto (tanto en tus libros como en la estructura de “Cuando Nadie Nos Ve”) que se parece tanto a la estructura de un álbum de música con sus diferentes «pistas»?
No se me había ocurrido, la verdad. El tipo de música que me suele gustar no es estilo canción de tres minutos, precisamente. Soy más de óperas sinfónicas y movidas conceptuales; Art Rock y todo eso, aunque por mi trayectoria pueda parecer que no.
Sin embargo, como escritor, he descubierto que me gusta mucho el formato de relato corto y me estoy volviendo un poco integrista del tema.
De todos modos, supongo que sí, que el separar en “canciones” los textos me resulta familiar y cómodo. En mis novelas, aunque sean monotemáticas, también funciono un poco así, rollo disco de Frank Zappa (1940/1993), que solía usar el formato de obra de teatro, con diferentes actos consecutivos.
Y si lo miras bien, en realidad muchos libros se suelen estructurar por capítulos, a veces cortísimos. Ahora se me ocurre el caso de “La Carretera”, de Cormac McCormack (1933/2023); párrafos de apenas diez líneas, separados por punto y aparte, más espacio, en un trompicarse eterno. Aún más extremo que lo que yo hago, y mira, tiene un premio Pulitzer…

¿Te sale el ramalazo de músico al estructurar un libro?
Pues no sé. No me lo parece. Creo que cada disciplina tiene su manera de funcionar. Si se pareciesen demasiado, supongo que perdería el interés.
Lo maravilloso de las diferentes artes es precisamente la diversidad, que trabajan en nichos diferentes, en planos distintos. Es posible que se alimenten entre ellas, sí, pero yo tiendo siempre a separar conceptos, a que los objetivos sean claros, porque las “mezclas” ya se producen de un modo natural. Forzar el crossover me parece un fallo creativo de nuestro tiempo, una manera fácil de buscar resultados molones antes de haber probado, experimentado, terminado de madurar con las soluciones creativas de cada medio. Un “no sé, pero me lo invento”. Una forma de evitar retos. Estamos un poco enfermos de eso de “ser diferentes a toda costa”.
Si tu obra literaria actual, como “Fauna l-m3nt4l” (2021) o “r4Rørrelatos” (2022), tuviera una banda sonora original compuesta por ti, ¿sonaría a Rock progresivo crimsoniano, a Blues crudo o a un experimento disperso de GarageBand?
Disperso, disperso. Siempre disperso. No sé si de Garage, pero probaría cosas raras. Aunque, posiblemente aparecería algún Blues de Gary Moore (1952/2011) y algo de Adrian Belew. También Brian Eno, Alan Holdsworth (1946/2017), XTC… intentaré que no ocurra, por si acaso (risas).
Bajo el pseudónimo s3r r4Rø esparciste más de un centenar de cuentos por la red. ¿Te servía ese álter ego para proteger al Enric diseñador y músico serio, o era simplemente una extensión natural de tu talante satírico?
No fue culpa mía. Ese alter ego es una idea de Ani López, de LaMundial. Cogió en nombre de mi primera serie de relatos “s3r r4Rø”, convirtió el verbo SER (ser, estar) inicial en nombre (ser, ente, criatura, persona, organismo…) y empezó a firmar mis escritos en la web. ¡Ah! También me presentaba como “el raro” en los conciertos.
A mí me hizo gracia y así me quedé… No sé si me protegió de nada, no fue intencionado. s3r r4Rø, Enric, Nrik, 3nR!c, Enano, Gysbil, Henry… motes… cuando escribo, quizás soy más el raro, pero repito, sin intención.

Ahora que te autoeditas de forma compulsiva (un proceso que explotó en el 2020 pandémico), eres tu propio cliente: escribes el texto, lo ilustras, lo maquetas y diseñas la portada. ¿Eres un cliente muy exigente contigo mismo o te dejas llevar por la total libertad creativa?
¡Soy tremendamente exigente en cuanto a proteger mi absoluta y total libertad creativa! (risas). Sí, le doy bastantes vueltas a todo. A veces hago careos entre amigos y familia con las opciones de portada.
Anécdota: en “Mimbolokus» (2021) escogí la cubierta menos votada, en un intento premeditado de autosabotaje. Además, me encanta contarlo.
Si no recuerdo mal, me envió Mercè Peguero en su día un texto de tus libros en el que hablabas de EL FANTÁSTICO HOMBRE BALA, pero, como te digo, igual me lío, pues las neuronas empiezan a fallar con esto de la edad.
¿En cuál de tus libros aparece la historia?
Espera, que lo busco… Está también en la web, pero en estado embrionario. En el libro lo elaboré mucho… ¡Aquí! “Mi (in)experiencia discográfica”, pág. 145 de mi tercera recopilación “r4Rørrelatos” (2022).
¿Sobre qué trata?
Es el relato del momento exacto en el que decidí dejar EL FANTASTICO HOMBRE BALA —y el sueño de dedicarme a la música de manera profesional—, cortesía de la entrada en escena de Gustavo Montesano como promotor de la banda.

Tienes un proyecto de recopilación de ilustraciones llamado “Mimbolokus”. ¿Hay una conexión estética y retroalimentación entre estos dibujos y la música que componías en solitario para Muzik4Flimz?
Pues no. Es una serie que empiezo mucho más tarde. Coincide bastante con el momento en que empiezo a frenar, musicalmente hablando. Funcionó más como un camino de sustitución. Dibujaba, pero tocaba muy poquito. Cosas de la paternidad.
En la música de los 80 y 90, el local de ensayo era casi una segunda vivienda, un espacio de convivencia intensa, cables, cerveza y discusiones. Tocar en una banda es negociación constante y choque de egos; escribir y diseñar como freelance es un monólogo absoluto frente a la pantalla. ¿Te dio la literatura la paz que la convivencia en el local de ensayo te terminó quitando?
En realidad siempre dispuse de ese espacio literario-solitario, en mayor o menor medida, durante toda mi vida. El gusto por la lectura y la escritura me viene de pequeño. Es mi espacio seguro, mi zona de confort.
Lo realmente interesante no es salir de esa zona, sino mantenerla siempre viva, ampliarla, cambiar cosas, poner un adosado, cambiar los sillones, la decoración, montarte una playa privada o un bosquecito… pero siempre, siempre, dentro de tu zona de confort. Me parece una idiotez salir de ella. Eso de “salir de la zona de confort” es de estas “nuevas filosofías de siete segundos” con un sesgo que la gente abraza como si les fuese a solucionar la vida, sin darse cuenta de lo manipulables que quedan.
Después, en lo de socializar, cambié el local de ensayo por los talleres de escritura y las presentaciones. Diferente, sí, pero no se me ocurrió nunca comparar, en realidad. ¡Me fijaré más para la próxima entrevista!

¿Cómo gestionaba el pánico escénico un músico multidisciplinar como tú?
Mal. Eso no se gestiona. Lo tienes o no lo tienes. Me pasaba enfermo los dos días antes de un concierto. Supongo que tenía que ver con la responsabilidad compartida con los otros miembros del grupo. Eso obliga a tomarte en serio lo que estás haciendo, para no perjudicar a los demás.
No me ocurre en el ámbito de la escritura, entiendo que por ser una disciplina solitaria. Aquí sí que puedo dejar de tomarme en serio, reírme de mí mismo. Nadie más va a recibir si la cagas.
De hecho, estoy desconcertado con lo fácil que me resulta hablar en público, en contraste con lo mal que lo paso cuando me cuelgo un instrumento. Fue una sorpresa para mí.
¿Te daba más seguridad el directo abrasador con bandas como FIVE MIX COLORS o el ambiente controlado y cerebral de DIFÍCIL EQUILIBRIO?
Creo que es una cuestión de tiempo. Vas haciendo callo y cada vez te vas controlando más. Con DIFÍCIL EQUILIBRIO fueron muchos conciertos y, a pesar de la exigencia técnica de la música, acabé controlando bastante en los directos.
Con EL FANTÁSTICO HOMBRE BALA fueron pocos conciertos, y con FIVE MIX COLORS muchísimos menos. No dio tiempo a acostumbrarse.

En la música, el silencio y las pausas son tan importantes como las notas. En el diseño editorial, el espacio en blanco es sagrado. ¿Cómo aplicas esta gestión del «vacío» cuando te sientas a escribir tus microrrelatos?
¡Uh! Buena pregunta. No hay muchos espacios en los Micros. ¡Aprovechas todo!
Cuando solucionas un relato entre cien y mil palabras te dejas de florituras, de usar recursos literarios o de generar zonas de descanso; vas a saco. Intentas hacer que todo trabaje: diálogos descriptivos, narración precisa, los objetos hablan, la palabra adecuada, el orden correcto… Si usas una pausa, un vacío, ese vacío tiene un sentido, lo llena todo, es un “blanco” vivo, activo.
Parece un contrasentido, sí…
Si comparamos tus herramientas digitales del día a día: ¿Encuentras paralelismos estructurales entre la retícula de maquetación en Adobe InDesign y la línea de tiempo por compases en GarageBand? ¿Se organiza igual el espacio que el tiempo? ¿Tu formación en Diseño Industrial te ayudó a estructurar ideas tridimensionales a la hora de construir canciones complejas?
Ahí me pillas. Creo que no, que no tienen nada que ver.
El plano musical tiene una abstracción diferente del de la imagen o la del pensamiento. Deben tener puntos de contacto, sí, pero como ya te comenté que tiendo a separar las disciplinas como objetivo personal. Ellas ya se juntan solas, sin proponértelo, y solo faltabas tú, dudando y tratando de hacer crossovers. No, no voy por ahí. Soy muy fan de separar conceptos, de no divagar. “Multidisciplinar” no es un concepto que yo entienda como “meter todo en el mismo saco”. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra.
Supongo que si me dedicase al cine (que no es el caso) encontraría más fácil los paralelismos entre programas. El factor de tiempo de la filmación y la música hace que interactúen de manera crucial. Pero en el caso de los programas gráficos versus los de música, no, no encuentro muchos puntos de contacto. Más bien tiendo a evitarlos.
Eso sí, reconozco que estos tiempos de redes y de polución visual me convierten en un bicho raro. Que les aproveche tanta combinación. A mí todo este caos me pilla mayor.

Tu web se llama macrorraro.com y tu viejo pseudónimo era s3r r4Rø. En un mundo obsesionado con la homogeneidad, la especialización y los algoritmos, ¿reivindicas «lo raro» y lo disperso como la única forma viable de resistencia artística?
No soy mucho de reivindicar, más bien de defender mi espacio personal. Pero sí, estoy muy harto de este vivir en este cambio constante, de la tiranía a la que nos somete este nuevo tecnofeudalismo. A riesgo de que se me considere un carcamal. No me importa.
Como fetichista de las artes gráficas que ha vivido la transición del formato físico al streaming y al E-book, ¿crees que la pérdida del soporte físico devalúa la experiencia del consumidor o la democratiza?
Te voy a responder con una pregunta, Joss. ¿Crees que avanzamos hacia la democracia? Porque lo que yo estoy viendo es la privatización de todo, incluso de la cultura.
Ahora incluso se destruyen los incunables con los que alimentan a las IA, de modo que esos textos pasan a ser propiedad privada del digitalizador y el libro desaparece…
La pérdida del soporte físico, la virtualización de todo, nos va a quitar la libertad. Toda la libertad. Incluso la de pensamiento. Vivimos en un “Fahrenheit 451″ (NdR es una novela distópica del escritor estadounidense Ray Bradbury, publicada en 1953 y considerada una de sus mejores obras de este género) de manual.

La sátira, el surrealismo y el humor negro impregnan toda tu obra. ¿Crees que la escena artística y musical actual se toma demasiado en serio a sí misma y ha perdido la capacidad de reírse de su propia sombra?
Me tomo muy en serio lo de no tomarme en serio. Y no lo digo como frase graciosa. Es mi visión del mundo. Cada vez estoy más harto de la seriedad con la que se lo toma todo la gente. La severidad, la rectitud tiende de manera inevitable a la hipocresía. Eso se aleja de la idea de los talleres de escritura que llevo, en los que propongo actuar como si fuéramos un club nudista. Para encontrar tu propia voz, en cualquier arte, debes aprender a ser sincero, primero contigo mismo y después con los demás, a desnudarte y mostrar lo que eres. Y para eso, debes de dejar de tomarte en serio.
Has sido testigo directo de la evolución cultural de Barcelona desde 1981 hasta la actualidad. ¿Qué le falta y qué le sobra a la escena creativa de la ciudad condal hoy en día en comparación con los años de la agitación underground de los 80 y 90?
Turistas, fondos buitre, expats, redes sociales, políticos, periodistas, ismos de todo tipo, generaciones extraviadas, fracaso del sistema educativo… ¿sigo? No sabría cómo solucionar lo que está pasando en Barcelona.
Creo que hemos muerto de éxito, nos hemos vuelto tan atractivos que nos hemos olvidado de cuidar lo que nos hizo tan interesantes. Me pilla mayor, pero si pudiera, me marcharía de Barcelona.
¿Sigue habiendo espacio en tu rutina actual para colgarte el bajo o la guitarra, aunque sea estrictamente para disfrute personal y sin la presión de mantener una banda?
Poquito, pero sí. Tengo siempre un par de instrumentos en la entrada de casa, la acústica y alguno más. Pero solo suelo tocar un ratito. A veces hasta se me ocurre alguna cosita nueva, pero ya no corro a grabarla. No sé, igual algún día me lío otra vez. Pero lo dudo.

Mirando hacia atrás, a esa primera banda del 81 con el amplificador de voces de tu padre: si pudieras viajar en el tiempo y darle un solo consejo al Enric de 16 años que estaba a punto de empezar ese viaje musical, ¿cuál sería?
Estudia economía. O para lampista. ¡Ah! ¡Y no leas!
Serás mucho más feliz.
Después de haber perpetrado música, portadas, revistas, fotografías y libros… Si tuvieras que elegir una sola etiqueta que defina tu caótico pero fascinante motor vital, ¿te quedarías con la de músico frustrado, diseñador camaleónico o contador de historias inclasificable?
¿No me puedo quedar con todas? Va, porfa…

Pues hasta aquí ha llegado todo está batería de preguntas que se dividieron en dos partes y te deseo todo lo mejor del mundo en todos tus proyectos que están por venir. ¿Algo más que añadir que se haya quedado en el tintero?
Pues no creo. Me quedé muy a gusto. Agradecerte la entrevista, Joss, genial y muy completa. ¡Ha sido catártico!
























