Estocolmo se rinde ante IRON MAIDEN: doblete triunfal en el 3 Arena // 12 y 13 de junio de 2025
IRON MAIDEN volvió a Estocolmo por todo lo alto, con dos conciertos consecutivos los días 12 y 13 de junio en el 3 Arena dentro de su gira Run for Your Lives World Tour 2025–26. No fue una simple parada más: fueron dos noches en las que la capital sueca respiró heavy metal desde días antes, en una celebración colectiva que mezcló pasión, tradición y un firme paso hacia la modernidad.
Desde al menos dos o tres días antes del primer concierto, el ambiente en Estocolmo ya era especial. Caminar por el centro o por la zona del recinto era encontrarse a cada paso con camisetas de Iron Maiden, parches, mochilas con logos y grupos de fans, muchos locales, pero también llegados desde toda Escandinavia y otros puntos de Europa. El ambiente de hermandad y celebración era evidente.

Uno de los puntos clave fue el Eddie´s Dive Bar, situado a pocos minutos del 3 Arena. Allí, el ambiente fue digno de una previa de festival: música de Maiden a todo volumen, pantallas emitiendo videoclips, comida, cerveza —incluidas las populares latas de Trooper sueca— y sobre todo una sensación compartida de emoción. Era el lugar donde muchos se reunían antes del concierto, pero también donde se continuaba la fiesta después.
El 3Arena es uno de los recintos más grandes y modernos de Estocolmo, y quedó claro que está perfectamente preparado para un evento de este calibre. La entrada fue fluida y bien organizada, sin colas interminables ni aglomeraciones incómodas. Todo el entorno transmitía profesionalidad y cuidado por el detalle.
Una de las mejores noticias fue el sonido. Desde prácticamente cualquier punto del recinto, el audio fue potente, nítido y equilibrado. Algo que no siempre se logra en espacios tan amplios, pero que en este caso sumó enormemente a la experiencia.
La noche comenzó con HALESTORM como banda telonera. Su propuesta —una mezcla de hard rock moderno con un toque alternativo y mucha actitud— encajó sorprendentemente bien con el público de IRON MAIDEN. Lejos de ser un mero calentamiento, ofrecieron un concierto con fuerza, ritmo y muy buena conexión con la audiencia.
Lzzy Hale, vocalista y líder indiscutible del grupo, se ganó a la multitud desde el primer momento. Su voz potente y rasgada, su carisma natural y su habilidad para mantener la energía arriba convirtieron su actuación en algo más que una introducción. Halestorm demostraron estar más que preparados para escenarios grandes y audiencias exigentes como esta.
Después llegó el turno de IRON MAIDEN, y con ellos, una de las grandes transformaciones de esta gira: la puesta en escena. Como ya comentamos en las crónicas de Budapest y Praga, los tradicionales telones que cambiaban de fondo en cada canción han quedado atrás. En su lugar, una enorme pantalla LED central y dos más pequeñas en los laterales dominan el escenario. IRON MAIDEN ha entrado de lleno en las nuevas tecnologías.
Este cambio no es solo estético. Las pantallas permiten una escenografía más dinámica y fluida, con visuales que se adaptan a cada canción: desde paisajes helados en Seventh Son of a Seventh Son hasta combates aéreos en Aces High, pasando por escenas infernales o místicas según el momento. Todo está diseñado con cuidado para sumar, sin robar protagonismo, haciendo que el concierto se vea bien desde cualquier lugar del pabellón.

El repertorio no incluyó sorpresas respecto a otras fechas de la gira, pero en este caso, eso juega a favor. La banda apuesta por una selección centrada en su época dorada, desde el debut de 1980 hasta Fear of the Dark de 1992. Una decisión inteligente que conecta con varias generaciones de fans.
Tras el mítico inicio con Doctor, Doctor, el concierto arrancó con la habitual intro The Ides of March, seguida por tres clásicos directos y sin concesiones: Murders in the Rue Morgue, Wrathchild y Killers. Fue en esta última cuando apareció por primera vez Eddie, hacha en la mano, provocando una ovación general y marcando el comienzo del componente más teatral del show. La banda salió con energía y confianza, con Steve Harris marcando el ritmo, y Bruce Dickinson demostrando, una vez más, que sigue siendo uno de los grandes frontmen del rock.
A partir de ahí, el concierto se convirtió en una sucesión de momentos memorables. The Phantom of the Opera sonó fresca y compleja, con sus cambios de ritmo y esa mezcla de teatralidad y agresividad que sigue funcionando más de 40 años después. The Number of the Beast incendió el recinto con sus llamas y su famoso grito inicial. The Clairvoyant y Powerslave mantuvieron el nivel, con esta última destacando por su ambientación visual.
La parte central del set incluyó una coreadísima Two Minutes to Midnight y una de las joyas más ambiciosas de la banda: Rime of the Ancient Mariner. Más de 13 minutos de historia narrada con fuerza, con pasajes lentos y explosiones de energía. Pura narrativa musical.

La recta final del set principal fue simplemente demoledora: Run to the Hills, Seventh Son of a Seventh Son, The Trooper —con Dickinson ondeando la bandera británica y posteriormente la sueca, para entusiasmo de los asistentes, y una nueva aparición de Eddie—, Hallowed Be Thy Name y Iron Maiden, donde Eddie volvió a escena, esta vez en modo IA, con un diseño futurista que combina lo clásico con lo digital, símbolo de esta nueva etapa visual que vive la banda.
Tras una breve pausa, los bises arrancaron con Aces High, en la que Bruce apareció con su chaqueta y casco de aviador y las pantallas mostraron un combate aéreo. El público enloqueció. Siguió Fear of the Dark, ya convertida en un ritual colectivo, con miles de gargantas cantando la melodía principal incluso antes de que empezara. Y el cierre llegó con Wasted Years, quizá el tema más nostálgico de la noche, con Adrian Smith al frente de uno de los riffs más emblemáticos de su carrera.
A lo largo de ambas noches, cada miembro de IRON MAIDEN dejó claro por qué siguen siendo una de las bandas más sólidas y respetadas del heavy metal. Bruce Dickinson volvió a brillar como maestro de ceremonias, con su energía incansable, su voz firme en los momentos clave y una capacidad única para conectar con el público, interpretando cada verso como si fuera el último. Steve Harris mantuvo su papel de alma rítmica y visual del grupo, marcando el tempo con su bajo y recorriendo el escenario con esa entrega tan característica. Adrian Smith destacó con su elegancia habitual, aportando melodía y precisión en solos como los de Wasted Years o The Clairvoyant. Dave Murray, más discreto en escena pero siempre efectivo, ofreció sus ya clásicos solos melódicos y su toque limpio y reconocible. Janick Gers fue el más teatral, moviéndose sin parar, lanzando la guitarra al aire y sumando energía escénica sin perder el foco musical. Y a la batería, Simon Dawson, sustituto de Nicko McBrain, cumplió con solvencia y respeto: sin excesos, pero con precisión, solidez y buen criterio, manteniendo el legado rítmico de la banda con naturalidad y sin fisuras. Un equipo perfectamente ensamblado, que demuestra que el paso del tiempo no ha mermado su potencia ni su compromiso con cada concierto.

En este doblete en Estocolmo, IRON MAIDEN volvió a demostrar por qué sigue siendo una de las bandas más queridas y respetadas del heavy metal. Con un repertorio bien elegido, una ejecución precisa, una puesta en escena modernizada y un sonido impecable, la banda ofreció justo lo que sus fans esperaban: entrega, profesionalidad y pasión.
El público respondió con entusiasmo, en un ambiente festivo y vibrante donde se mezclaban generaciones, acentos y camisetas de todas las épocas. La ciudad, durante varios días, respiró música y camaradería. Y todo indica que la leyenda de Iron Maiden, lejos de apagarse, sigue escribiendo nuevos capítulos con fuerza.
Recordad que IRON MAIDEN actuará el próximo 5 de julio en el estadio Riyadh Air Metropolitano de Madrid, una cita que promete ser otro gran capítulo en esta gira histórica.

























