Noche de clásicos inmortales: Alice nos llevó al manicomio y Judas nos condujo al infierno // The O2 Arena – Londres – 25/07/2025
Londres, 25 de julio de 2025. Última fecha de la gira europea de Judas Priest. El O₂ Arena colgaba el cartel de sold out desde hacía semanas, y no era para menos. Una noche con sabor a despedida y con tres generaciones del rock sobre el escenario: Phil Campbell and the Bastard Sons, Alice Cooper y los anfitriones de la velada, Judas Priest. Era la clausura de una etapa, una celebración del heavy metal en su versión más pura, y Londres no decepcionó.
Los primeros en tomar el escenario fueron Phil Campbell and the Bastard Sons, encargados de calentar motores con una actuación corta —unos 25 minutos— pero sin un segundo de relleno. Abrieron con «We Are the Bastards», y a partir de ahí no bajaron el ritmo.

El público iba entrando al recinto aún, ocupando sus asientos o acercándose a la pista, pero Campbell y los suyos ya estaban encendidos. El primer estallido colectivo llegó con la versión de «Going to Brazil», y poco después, con una «Ace of Spades» coreada por todos, demostraron que el legado de Motörhead sigue más vivo que nunca. Completaron el set con “High Rule” y “Strike the Match”, cerrando con una sonrisa y dejando el ambiente perfectamente preparado para lo que vendría. Un inicio sobrio, directo, efectivo.

A continuación, Alice Cooper transformó el O₂ en una especie de teatro infernal donde cada detalle cuenta. Desde el inicio con «Lock Me Up» y «Welcome to the Show», quedó claro que su actuación no era solo un concierto: era una experiencia escénica. A sus 77 años, Alice sigue siendo un maestro de la teatralidad. Cada bastón, cada capa, cada cabeza falsa o jaula forman parte de un universo donde el rock se convierte en espectáculo.
Su repertorio fue un repaso a todos sus estilos: los clásicos eternos como «No More Mr. Nice Guy», «I’m Eighteen», «Hey Stoopid», el toque slasher con «He’s Back (The Man Behind the Mask)», y momentos puramente teatrales como «Feed My Frankenstein», con aparición de monstruo incluido.

Una parte esencial del show fue el público. Muchos seguidores asistieron disfrazados, con maquillaje negro, cilindros, batas médicas o incluso camisetas ensangrentadas. En un concierto de Alice Cooper, no solo se escucha: se interpreta. Y eso hace que la energía se multiplique.

Cooper también dejó espacio para su banda, a la que siempre deja espacio para su minuto de gloria, con especial protagonismo para Nita Strauss, que se llevó una ovación atronadora tras su solo.

La parte más emotiva llegó con «Paranoid», homenaje directo a Ozzy Osbourne, fallecido apenas tres días antes. La interpretación contó con la aparición de Johnny Depp a la guitarra y sus primeros compañeros de banda, en la que supone la primera ocasión en la que Alice la toca en vivo. Emoción, respeto, comunión total con el público. Un momento que nadie en el recinto olvidará.

Cerró el show con «School’s Out», en una interpretación festiva con todos sus invitados sobre las tablas, y una versión final de “Crazy Train” que pusieron los técnicos de sonido para sorpresa de todos, sellando así el tributo al Príncipe de las Tinieblas. Cooper se marchó entre humo y ovaciones, dejando claro que sigue siendo uno de los grandes maestros del espectáculo.

Y entonces llegó el turno de los protagonistas. La banda británica Judas Priest, que cerraba su gira europea donde mejor que en casa, apareció tras una intro de «War Pigs», como nuevo guiño a Ozzy y a sus hermanos de Black Sabbath. A partir de ahí, se desató la tormenta metálica.
Arrancaron con «All Guns Blazing» y «Hell Patrol», enlazadas con clásicos inoxidables como «You’ve Got Another Thing Comin’», «Freewheel Burning», y el tridente demoledor: «Breaking the Law», «A Touch of Evil» y «Night Crawler».

A estas alturas de la gira, la banda está más que engrasada. Halford —con sus movimientos calculados y voz firme— no necesita más que levantar la mano para que el O₂ le siga con devoción. Richie Faulkner, como siempre, se llevó buena parte del foco, con su mezcla de técnica y actitud. Andy Sneap, sólido y discreto, complementa a la perfección. Y detrás, la base rítmica con Ian Hill y Scott Travis suena como una locomotora.
El show tuvo también su parte especial: temas menos habituales como “Solar Angels”, y una impecable “Between the Hammer and the Anvil”, que recordaron que Judas Priest no solo vive de sus hits más evidentes.

Pero el momento más intenso fue con “Giants in the Sky”. Mientras sonaba, en la enorme pantalla central comenzaron a aparecer los rostros de las leyendas caídas: Ronnie James Dio, Lemmy, Eddie Van Halen, Bon Scott, Taylor Hawkins, Dusty Hill… y Ozzy Osbourne. El público reaccionó con respeto, algunos levantaron los puños, otros los cuernos, y más de uno dejó caer alguna lágrima. Fue un homenaje visual y musical que resumió la esencia del concierto: honrar el pasado, resistir en el presente y celebrar el legado.
La traca final llegó con una brutal «Painkiller», con Halford entregando hasta la última nota. Luego, los bises: primero «Hell Bent for Leather», con Rob sobre su clásica Harley, y por fin, el momento más esperado: «Living After Midnight», con la aparición en escena de Glenn Tipton.
Tipton, que lucha desde hace años contra el Parkinson, apareció con una sonrisa y su guitarra, acompañado por la ovación más larga de la noche. No fue solo nostalgia: fue orgullo, fue familia, fue la escena despidiéndose con dignidad.

Lo vivido en el O₂ Arena fue más que un concierto. Fue una ceremonia de despedida, un acto de amor al heavy metal y a sus pilares. Las tres bandas dieron lo mejor de sí, cada una con su estilo, y el público respondió como se espera en noches así: con entrega, con emoción y con la certeza de haber sido parte de algo irrepetible.
La gira europea de Judas Priest termina aquí. Pero su legado —y el de todos los que fueron homenajeados esa noche— sigue vivo en cada nota, en cada riff y en cada garganta que canta a pleno pulmón.

























