50 años, miles de voces y una noche para la historia: Iron Maiden en Montreal // Parc Jean-Drapeau – Montreal // 03-09-2026
Montreal, 3 de septiembre de 2026. Hay conciertos que se disfrutan y otros que, desde el mismo momento en que terminan, empiezan a formar parte de la memoria. Lo ocurrido ayer en el Parc Jean-Drapeau de Montreal pertenece claramente a esta segunda categoría. Decenas de miles de seguidores llenaron el recinto para asistir a una jornada de auténtico lujo: Anthrax, Megadeth e Iron Maiden, tres nombres esenciales de la historia del metal reunidos sobre un mismo escenario.
Para Iron Maiden, Montreal representaba además la tercera fecha de la etapa norteamericana de su Run For Your Lives World Tour 2026, después de las dos noches consecutivas ofrecidas en Toronto. La gira celebra los 50 años de trayectoria de la banda con un repertorio centrado en sus nueve primeros álbumes de estudio, recuperando canciones que en algunos casos llevaban décadas alejadas de los escenarios.
Y Montreal respondió a la altura.
El Parc Jean-Drapeau estaba completamente abarrotado. Entre la multitud podían reconocerse referencias a prácticamente todas las épocas de Iron Maiden: seguidores veteranos, jóvenes que descubrían ahora a la banda y familias que acudieron juntas a una noche que tenía mucho de celebración generacional.
Las horas previas y posteriores al concierto estuvieron marcadas también por los encuentros entre aficionados. En Eddie’s Dive Bar se cruzaron viejos amigos, seguidores llegados desde diferentes lugares y varias generaciones de fans compartiendo recuerdos, giras anteriores y discusiones interminables sobre discos y canciones favoritas. A lo largo de cinco décadas, Iron Maiden ha construido una identidad capaz de convertir una canción en punto de partida para una conversación entre desconocidos.

A las 18:10, Anthrax tomó el escenario. La banda de Scott Ian disponía de apenas 35 minutos, pero no desperdició ninguno. Su actuación fue directa, contundente y sin concesiones, una descarga concentrada que puso en marcha una jornada que prometía emociones fuertes.
Scott Ian encontró rápidamente la complicidad de los asistentes y, antes de presentar uno de los nuevos temas, realizó un guiño a los canadienses relacionado con la polémica de Lake Ontario. La respuesta fue inmediata, con una enorme ovación. Anthrax cerró con “Indians”, dejando la sensación inevitable de que aquellos 35 minutos habían sabido a poco.

Megadeth dispuso de unos 50 minutos y Dave Mustaine y los suyos aprovecharon cada segundo. “Tipping Point” abrió una actuación que rápidamente enlazó con “Hangar 18” y “Sweating Bullets”, equilibrando presente y legado. “A Tout le Monde”, interpretada por primera vez en esta gira, aportó uno de los momentos más celebrados, antes de que “Tornado of Souls” devolviera el protagonismo a las guitarras.
El tramo final fue pura dinamita: “Peace Sells”, “Symphony of Destruction” y “Holy Wars… The Punishment Due”. Un repertorio compacto, reconocible y eficaz que demostró que, incluso compartiendo cartel, Megadeth conserva suficiente pólvora para incendiar un escenario por sí solo.

A las 20:35, las luces se apagaron.
Iron Maiden estaba a punto de comenzar.
La elección del arranque fue toda una declaración de principios. “Murders in the Rue Morgue”, “Wrathchild” y “Killers” recuperaron de inmediato el espíritu de los primeros años de la banda. Bruce Dickinson afrontó las composiciones de la etapa de Paul Di’Anno con personalidad propia, respetando su esencia pero llevándolas a su terreno. Después llegó “Phantom of the Opera”, acompañada por teatrales imágenes en las enormes pantallas y unas armonías vocales especialmente destacadas, con Adrian Smith aportando una vez más su sello.
“The Number of the Beast” elevó todavía más la temperatura antes de que los primeros acordes de “Infinite Dreams” provocaran una de las grandes sorpresas de la noche. La canción, perteneciente a Seventh Son of a Seventh Son, llevaba décadas sin aparecer en directo en Canadá. Para los seguidores más fieles, escucharla en Montreal fue uno de esos regalos que justifican por sí solos una gira.
La sección dedicada a Powerslave fue sencillamente extraordinaria: “Powerslave”, “2 Minutes to Midnight” y “Rime of the Ancient Mariner”. Tras “2 Minutes to Midnight”, el público respondió con una prolongada ovación que acabó transformándose en cánticos de “olé, olé, olé”. Bruce recibió el homenaje antes de presentar “Rime”.

Con sus aproximadamente 13 minutos y 45 segundos, “Rime of the Ancient Mariner” se convirtió en una experiencia audiovisual completa. Las gigantescas pantallas acompañaron la narración de la canción e ilustraron sus diferentes pasajes mientras la banda desarrollaba una interpretación de enorme intensidad. La combinación de música e imágenes convirtió la pieza en uno de los momentos más impresionantes de toda la noche.
Durante toda la velada, Bruce Dickinson estuvo especialmente comunicativo. Se dirigió constantemente al público y habló en francés en numerosas ocasiones, reforzando una complicidad que Montreal respondió con entusiasmo. También bromeó sobre la polémica de Lake Ontario y la ocurrencia de Donald Trump de llamarlo “Lake America”. Entre risas, incluso pidió que no se tradujera al inglés lo que estaba diciendo para poder entrar esa misma noche en Estados Unidos.

El cantante reconoció además que su voz no estaba al cien por cien, pero mantuvo una enorme entrega y una cercanía constante. Durante “The Trooper” llegó otra de las imágenes más celebradas de la velada, cuando Dickinson apareció con la bandera de Quebec. La respuesta del Parc Jean-Drapeau fue ensordecedora.
También era una noche importante detrás de la batería. Simon Dawson asumió el puesto que durante tantos años ocupó Nicko McBrain y dejó claro que no pretende ser una copia de su predecesor. Su forma de tocar aporta personalidad propia y una energía diferente a las canciones, manteniendo la solidez necesaria para sostener el repertorio.
La nueva producción visual funcionó especialmente bien. Las enormes pantallas y los gráficos acompañaron cada tema con imágenes diferentes, aportando dinamismo y una dimensión renovada al espectáculo. En un recinto abierto y de semejantes proporciones, el resultado fue una auténtica fiesta para los sentidos.

Después de “Rime of the Ancient Mariner”, la recta final fue demoledora: “Run to the Hills”, “Seventh Son of a Seventh Son”, “The Trooper”, “Hallowed Be Thy Name” e “Iron Maiden”.
Pero todavía quedaban los bises.
El discurso de Churchill abrió el camino hacia “Aces High”, seguido por “Fear of the Dark”, con el público convertido en un gigantesco coro. Para despedirse, Maiden eligió “Wasted Years”.
Y fue una elección perfecta.

Después de 50 años de historia, pocas canciones podían resumir mejor una noche dedicada al paso del tiempo, a los recuerdos y a todo lo que queda después de tantos años de carretera.
Cuando sonaron las últimas notas, el Parc Jean-Drapeau comenzó lentamente a vaciarse, pero la sensación era que allí había ocurrido algo más que un concierto. Durante unas horas, Montreal se convirtió en el punto de encuentro de varias generaciones unidas por las mismas canciones.
Algunos llevaban décadas siguiendo a la banda. Otros estaban descubriendo ahora aquello que sus padres escuchaban cuando ellos todavía no habían nacido. Hubo abrazos, reencuentros, fotografías e historias compartidas.

Después de medio siglo, Iron Maiden no solo conserva canciones capaces de llenar recintos gigantescos. Ha conseguido algo mucho más difícil: que su historia siga pasando de una generación a otra.
Ayer, bajo el cielo de Montreal, esa historia volvió a escribirse.
Y mientras el recinto terminaba de vaciarse, quedaba claro que Run For Your Lives no está celebrando únicamente lo que Iron Maiden fue.
Está celebrando todo lo que todavía significa.
Up the Irons.




























