AC/DC revientan el Metropolitano: la electricidad no conoce descanso // Madrid – 16/07/2025
Hay conciertos que parecen escritos en piedra desde que se anuncian. Que serán grandes, que se hablará de ellos, que los años los harán leyenda. Pero luego hay noches que parecen imposibles de repetir, incluso para una banda que ha llevado el rock en vena durante medio siglo. Y entonces, sin avisar, llega una segunda fecha, como un bonus track vital para los que no consiguieron entrada, o para los que simplemente necesitaban una dosis más. Porque a veces, una sola noche con AC/DC no basta.
La segunda noche en Madrid fue más que una repetición. Fue una reafirmación. Y aunque no alcanzó el «sold out» oficial (dicen), el estadio estaba lleno de almas encendidas. Quizá con un poco menos de nervios que en la primera noche, pero con una conexión más profunda. Como si los que estábamos ahí lo supiéramos: esto, podría ser la última vez.

Desde temprano, el calor abrazaba Madrid como un abrazo sudoroso. Las calles que rodean el Metropolitano se llenaban de camisetas negras, gorras con cuernos y conversaciones entre generaciones. Padres con hijos, amigos con birras, abuelos con camisetas de «High Voltage». Muchos ya habían estado en la primera noche y aún así repetían. Porque con AC/DC, cada noche es diferente. Cada riff, una promesa.
En las pantallas exteriores del estadio ya se vendía el mito: «AC/DC: Power Up Tour – Madrid Night 2». Ver esa frase en negro sobre rojo tenía algo de definitivo. Como si el tiempo se hubiera parado. Como si el rock, de repente, fuera lo único que importaba.
El entreacto es un momento mágico en este tipo de conciertos. La luz empieza a caer, los vasos se llenan por última vez, los baños se colapsan, las camisetas se agotan. En las gradas, la gente empieza a debatir: ¿con qué abrirán esta vez? ¿Repetirán setlist? ¿Aguantará Brian Johnson? ¿Habrá plataforma, solo extendido, campana, cañones?
Las apuestas están sobre la mesa. Lo único seguro: AC/DC están a punto de salir.

A las 21:35, las luces se apagan. En las pantallas gigantes, un vídeo de motores rugiendo da paso al primer acorde. Y ese primer acorde es el que enciende la chispa de una noche inmortal.
«If You Want Blood (You’ve Got It)» no es una apertura, es un puñetazo directo. Desde el primer golpe, Angus Young se adueña del escenario. Enfundado en su eterno uniforme escolar (esta vez de color negro), no necesita calentar. Su marcha es automática. Sus dedos, eléctricos. No hay edad en él. Solo voltaje.

Stevie Young, en la rítmica, toca con fuerza y precisión, como su tío Malcolm le enseñó. El tono es idéntico, el peso en cada acorde es idéntico. Es como si el espíritu de Malcolm se paseara esa noche entre los amplificadores.
La batería de Matt Laug y el bajo de Chris Chaney completan un motor perfectamente afinado. Es increíble pensar que esta base rítmica no existía hace apenas un año. Hoy, suenan como si llevaran décadas allí.
Y Brian Johnson… qué decir. Si bien en “Back in Black” tuvo que moderar algunas notas (como es normal), su entrega fue total. Su voz no será la de 1980, pero su actitud sigue siendo igual de demoledora. Y cuando llega «Thunderstruck», su grito inicial sigue siendo capaz de ponerte la piel de gallina. Madrid entero retumbó al unísono.
El campanazo. El descenso de esa campana gigante con el logo de la banda. Y «Hell’s Bells» como una marcha funeraria endiablada. Fue uno de los momentos más espectaculares. Esto es AC/DC.

Más tarde, «Highway to Hell» incendiaría literalmente el escenario. Las llamas reales combinadas con las pantallas encendidas y el público con los cuernos rojos puestos dieron lugar a un auténtico infierno visual. Pocas veces un tema ha sido tan perfectamente ilustrado en vivo.
Y cuando parecía que ya habíamos vivido lo máximo, llegó el solo. “Let There Be Rock” fue el punto de inflexión. Angus se lanzó a un solo de más de diez minutos, incluyendo plataforma elevadora, círculos en el suelo, y levantada sin manos. Una locura. Una ovación. Un testamento.
La banda lo sostiene todo con maestría. Matt Laug, que arrancó esa canción con ímpetu, acabó con la cara desencajada pero sin perder el tempo. Puro oficio, pura entrega.
Como si todo lo anterior no hubiera sido suficiente, “T.N.T.” reventó las gargantas del público. Y entonces, el momento más esperado: “For Those About to Rock (We Salute You)”. Cuando salieron los cañones desde el fondo del escenario, el estadio explotó. FIRE! gritó Brian, y los cañones dispararon. A tiempo. Fuerte. Brutal.
Los fuegos artificiales sellaron la noche. Algunos se quedaron esperando una despedida visual de la banda, pero entre el humo y los focos, no todos lograron verla. Aún así, el sentimiento era uno solo: esto había sido legendario.

La salida del estadio fue un río humano de sonrisas, sudor y conversación exaltada. “¡No han tocado ‘Rock ‘n’ Roll Train’ ni ‘Moneytalks’”, “Angus está loco”, “¡Brian sigue siendo un monstruo!”. Algunos ya hablaban de seguirlos a otra ciudad. Otros simplemente miraban al cielo y decían “Gracias”.
Porque puede que AC/DC estén dando sus últimos coletazos en vivo. O no. Pero si esta fue la última vez en Madrid, no pudo haber sido más épica.

























