IRON MAIDEN reinventa su directo sin perder la esencia
Cuando una banda como IRON MAIDEN decide arrancar su nueva gira en una ciudad con tanta historia como Budapest, sabes que va a ser una noche histórica. Y como no podía ser de otra forma, lo que ocurrió anoche en el Budapest Arena fue algo especial que pasará a la historia: un choque frontal entre la nostalgia más pura y una contundente mirada al futuro. La doncella celebra sus 50 años sobre el escenario con un show que, incluyendo algunas novedades, dejó claro que su legado sigue latiendo con fuerza.

Desde temprano Budapest fue tomada por una marea de seguidores que se acercaban a la ciudad húngara para el inicio de la gira de IRON MAIDEN. Por la zona del Castillo de Buda, el Puente de las Cadenas y hasta en los tranvías era imposible no cruzarse con fans ataviados con camisetas de los británicos. Incluso el lunes el ambiente ya presagiaba lo que iba a ocurrir: bares de estilo metalero a rebosar, fans con merch oficial y conversaciones en idiomas de medio mundo hablando de lo mismo: el inminente comienzo del tour de la doncella.
Con la retirada de Nicko McBrain, tras más de cuatro décadas, muchos miraban con cautela la entrada de Simon Dawson, conocido por su trabajo junto a Steve Harris en BRITISH LION. Y lo cierto es que cumplió de forma notable. El cambio es evidente, sí —más velocidad, unido a un golpeo más seco y directo— pero el nuevo sonido encajó perfectamente en el repertorio clásico que MAIDEN rescató para esta gira. Evidentemente se echa en falta al carismático Nicko, pero el espectáculo no puede parar.

El setlist fue un regreso directo a las raíces de la banda. Pese a las promesas de un show con rarezas y canciones «nunca tocadas», lo que se ofreció fue un homenaje cargado de historia, en el que se entremezclaron algunas joyas que no sonaban desde hacía tiempo con clásicos que llevan años sonando en cada directo.
El concierto arrancó con «The Ides of March» como intro pregrabada, que dio paso a «Murders in the Rue Morgue», tema que no se tocaba desde 2005. Le siguieron «Wrathchild» y «Killers», desatando la locura entre los más veteranos. Cuando llegó «Phantom of the Opera» —otra resurrección desde 2014—, el público ya estaba entregado.
La siguiente oleada fue puro Maiden de estadio: «The Number of the Beast», «The Clairvoyant» (no tocada desde 2013) y «Powerslave» (de vuelta desde 2017), manteniendo un nivel de euforia altísimo. «2 Minutes to Midnight» y, sobre todo, «Rime of the Ancient Mariner» —que no se escuchaba desde 2009— marcaron uno de los tramos más épicos y teatrales del concierto. El telón digital mostraba tormentas, barcos y océanos digitales; las antiguas lonas han desaparecido, y todo el montaje visual se basa ahora en pantallas de alta definición y animaciones que acompañan con espectacularidad cada tema.

La parte final antes del bis incluyó un bloque demoledor: «Run to the Hills», «Seventh Son of a Seventh Son», «The Trooper», «Hallowed Be Thy Name» y «Iron Maiden», que cerró el cuerpo principal del concierto como una ceremonia sagrada.
Los bises trajeron otra novedad: por primera vez en su historia, «Fear of the Dark» se interpretó como parte del encore, precedida por la mítica «Churchill’s Speech» y «Aces High», y cerrando la noche con «Wasted Years». Como broche final, mientras las luces se encendían y la banda se despedía, sonó por megafonía «Always Look on the Bright Side of Life», de Monty Python, como si hasta MAIDEN se permitiera soltar una carcajada tras un show tan serio como potente.

























