Robe emerge desde el desencanto // Plaza de la Música (L.P. de Gran Canaria) – 01/11/2024
Lo primero, pedir disculpas a los fans de Robe. Lo abandoné, allá en las veredas de EXTREMODURO, pero esta noche le acabo de abrir las puertas de par en par. Me ganó, por completo, en el concierto de la Plaza de la Música en Las Palmas de Gran Canaria. Casi tres horas de espectáculo ante más de 5.000 espectadores con ganas de rock, letrazas y, sobre todo, emociones. Siempre me valen las personas capaces de desnudar sus defectos y, él, lo hace como pocos. En una época que nos toca vivir de postureos y falsas imágenes de felicidad, Robe emerge desde el desencanto, desde la frustración, para mostrarnos una vida llena de errores sin arrepentimientos.
La banda es muy versátil. Cambios constantes de instrumentos hacen que los sonidos sean diferentes y adquieran nuevos modos. Los chicos, en el escenario, entregados y generando paroxismo al otro lado del escenario. La formación está compuesta por Álvaro Rodríguez (teclados), Carlitos Pérez (violín), Alber Fuentes (batería), Woody Amores (guitarra), David Lerman (bajo y vientos) y Lorenzo González (coros y percusión).

El concierto empezó media hora más tarde, como ya avisamos en Metalcry.com, por coincidir con un evento en el Auditorio Alfredo Kraus, pegado al escenario. Todos expectantes y pacientes. Me encantó la canción con la que abre esta gira “Destrozares”. Define un sello que llevan implícitas sus canciones desde la época de EXTREMODURO. Toda la vida bailando entre la muerte y la suerte, sin ganas de cambiar nada, solo esperar que suceda la evolución por sí sola. De eso van sus canciones.
La entrada al escenario, discreta, como todo él. Entran, se colocan (en sus puestos) y empiezan a tocar. Mas sencilla, imposible. Y así se arrancó Robe, con un atuendo sin más; una camiseta de manga y una falda largas.

La segunda canción fue uno de mis descubrimientos personales de la noche: “Adiós, cielo azul, llegó la tormenta”. Una canción de pérdidas. Otro de los motivos recurrentes en las canciones del artista. Se desenvuelve como poco en la recreación de las decepciones. Yo soy más positivista. Más del “después de la tormenta siempre viene la calma”. Esta canción es el canto a la desesperanza que flota durante todo este concierto. Después de la calma, tranquilo, que vendrá una tormenta. Tormenta que desató David al hacer saltar al público, que ya estaba entregado.
Siguió con “Guerrero”, en la que repite la fórmula del dolor del despecho, comenzando Lerman con un clarinete, mientras Robe desaparecía del escenario para dejarle todo el protagonismo. Se le une Carlitos con el violín y toda la banda, a la entrada de Robe, convirtiéndose en un guerrero pacífico que llama a ganar batallas de puerta para adentro.

Con sus mejores dientes, comenzó “Puntos suspensivos”. Vaya, una canción positiva de esperanza. El amor puede ser un buen comienzo sin que salga nada mal. La presencia de Lorenzo González se hace patente de forma marcada en esta canción. La voz lírica, que aparece en alguna de las partes, logró los gritos de reconocimiento del público.
Con “… Y rozar contigo”, volvemos a la añoranza y el efecto del paso del tiempo en los recuerdos de viejos amores. Después, se apagan luces y comienza el violín de Carlitos, al que le responde la batería de Alber, hasta llegar a un diálogo entre sus instrumentos, que nos adentra en “El cielo cambió de forma”. Canción en la que se evidencia, de forma notoria, algo que subyace en las demás: la desorientación en la vida. Solo se le ocurre una salida, que es huir de la soledad, huir del tiempo.

Sucediéndose los parones entre canciones y la ausencia de interacción de Robe, el público ya está abandonado al delirio. Qué más se puede decir que aporte algo a esas letras, mejor dejarlas fluir solas. Me sorprendió, la edad media de toda la gente que me rodeaba (estuve apostado con mi libreta, tomando notas desde la tercera fila). Eran jóvenes y se sabían todas las canciones. No vi muchos nostálgicos de EXTREMODURO, no, vi más gente de hoy escuchando canciones de hoy.
Ahí empecé a darme cuenta de que esa persona que cantaba en el escenario me había ganado a mí, también. En “Un suspiro acompasado”, vuelve a la añoranza del amor perdido. Esta fórmula ha funcionado siempre en la música. Atentos, la «intro», lo más lento de este concierto, me pareció flipante y esta balada la cantó con el público como coro imprescindible.

“Interludio”, de su disco “Mayéutica”, nos habla de desamor, pero con esperanza. Hay que dejar la ventana abierta por si quiere volver, pero también por si nosotros queremos escapar del encierro. Me encanta la metáfora de la ventana que tiene las dos funciones. Para gente que se resigna, o para gente que en los finales ve unos nuevos comienzos. Y él, deja las canciones sin finales por si quiere volver.
Y, ahora llegó el momento del primer, y esperado, homenaje a su etapa en EXTREMODURO. Lo hizo con “La ley innata”, el disco de 2008. Dos canciones. “Coda flamenca: Otra realidad” en el que vi y celebré, de forma clara, una influencia al rock andaluz de MEDINA AZAHARA y “Dulce introducción al caos”. Esta última, uno de los momentazos de mi noche. Las cuatro chiquillas que tenía detrás de mí, se dejaron el alma en cantarla. En los «¡NO!» de la canción, desgarraron sus gargantas. Para mí, salvando los gustos de cada persona, la canción con la que me voy esta noche en el corazón.
Dos canciones más para cerrar el primer pase del concierto. Todos los fans saben que hay un parón de cerca de media hora para dar paso al segundo bloque. El espectáculo se divide en dos, uno más melódico, este, y otro más cañero después del «intermedio». La canción la comenzó, contando que amaneció sintiéndose un pájaro negro de pico anaranjado para adentrarnos en “El hombre pájaro”, un tema apoteósico. Una petición de ayuda, un grito que no muchos se atreven a dar, cuando el vacío llena sus vidas.

Para finalizar el primer bloque, “El poder del arte”, en el que dijo verdades como que “hay metáforas más reales que la gente de la calle”. Cierto. Además, dicho por un maestro de la metáfora sencilla, la que entienden todos, independientemente del nivel intelectual y emocional. La que no te hace pensar en las palabras, si no en lo que nos cuenta con ellas. Con una «intro» de viento, las peticiones de palmas de Lorenzo González nos llevaron en volandas al descanso con el mensaje de que había demasiada droga, hasta para Robe, alegando que ya cogió carrerilla para empezar de nuevo y tocar el cielo. Y acabó, como no podía ser de otra forma, con su icónico grito de “¡Me encanta el olor a napalm!”, extraído de la película “Apocalypse Now” de F.F. Coppola.
Media hora de descanso, en la que, los que pudieron, se tomaron unas cervecitas, hasta que Alber Fuentes, cual espontáneo, se adentró solo en el escenario para regalarnos un solo de batería al que, con una maestría inusual en los percusionistas, supo «obligar» al público a sincronizar sus palmas con sus golpes de bombo. Un crack. Entró la banda e interpretaron una obertura basada en música innovadora, allá por el siglo XIX, del ruso Mussorgsky.

El violín hace de transición para que empiece “Haz que tiemble el suelo”, otra de las canciones del último disco, en la que cuestiona el orden establecido y su deseo de que, entre todos, hagamos temblar el suelo para que las cosas cambien. La siguiente “Ininteligible”, un canto a la vida introspectiva y a ser fiel a sí mismo; dejándose llevar.
La luna, no hay duda de que motiva emociones en Robe. Las tres canciones de este bloque la evocan. Aquí, en la canción de EXTREMODURO “Buscando la luna”; es la protagonista, la buscada a la puerta de los bares en la que el artista sueña encontrar a alguna que ande sola. Aquí hubo un cambio de roles en el que David Lerman hizo un elegantísimo sólo de saxofón y Carlitos Pérez asumió el bajo. Me permitirán, en este momento, hacer un parón, porque anoté un asterisco en mi libreta. El sonido, “im-pe-ca-ble”. Se le escucharon todas las letras con una claridad acorde a la calidad del artista. Imagínense, vivir este concierto sin entender lo que está cantando. Ale, ya lo dije.
Tras este homenaje a su ex banda, medio disco de “Mayéutica”, el segundo y el tercer movimiento, acabando con la “Coda feliz”. En la primera, la letra y los movimientos de David, hicieron que todo el público bailara como si de unas «pu**as locas» se tratara, y en la segunda la voz lírica de Lorenzo volvió a resaltar. Rock sinfónico de los 70’s en su estado puro. Destaqué, que fue aquí la primera vez que vi a Robe salir de su zona de confort detrás del micrófono para posicionarse en la boca del escenario. Tímido el hombre.

Volviendo al disco nuevo, siguieron con “Viajando por el interior”, una canción de automotivación de alguien que quiere perseguir sus sueños, pero teme por las distracciones que la vida le va poniendo en el camino y “Esto no está pasando” en el que el público rendido y agradecido al artista, contestaba con los correspondientes “no me jodas”, «jugándose las pelotas» como parte de la banda. Sintonía total, sin paliativos.
El penúltimo homenaje a EXTREMODURO es “La vereda de la puerta de atrás”. Un clásico que siempre me ha encantado y en el que hace referencia a veredas que no hay que volver a transitar. Como todo este bloque, mucha contundencia en la exposición de los temas. Rock en estado puro en el que el violín aporta parte de una intensidad emocional delirante.
Llegando al final del espectáculo, las dos últimas canciones fueron “Nada que perder”. Solo una canción del disco nuevo se quedó en el cajón (“A la orilla del rio”). Para ir cerrando el concierto, creo que nos deja las mejores lecturas y sus personales moralejas. En esta canción, nos canta que no se arrepiente de nada y que volvería a repetir los mismos errores. Señal de que todo en su cabeza anda bien. Centrado y consciente de lo vivido. Y su recado final, en la última canción y uno de los himnos de EXTREMODURO. El mensaje que todos esperamos, la esperanza después de tanto desencanto, el sol entre tanta luna, el volver a vivir en la playa con la persona adecuada. Me quedo con este encargo al que, como el maestro, suscribo: “Ama, ama, ama y ensancha el alma. Y así, sin bises. Ya estaba todo dicho. Y yo, hago lo mismo.

























