Tercera jornada del Hellfest 2025: clásicos bajo el sol abrasador // Clisson, Francia – 21/06/2025
El sábado en Clisson amaneció con el sol en lo alto y la sensación térmica por las nubes. Las altas temperaturas, que ya venían marcando los días anteriores, se intensificaron aún más durante esta tercera jornada del Hellfest. El calor condicionó buena parte del día: colas interminables para acceder a las zonas de duchas y refrigeración, sombrillas improvisadas, abanicos, botellas de agua compartidas… y muchos, muchísimos, sentados o tumbados por las praderas del recinto, comiendo algo, descansando o simplemente buscando un poco de sombra entre concierto y concierto. Aun así, el ambiente era excelente: festivo, paciente y entregado a la música.

El arranque del día trajo propuestas variadas, con los británicos The Chisel como uno de los primeros en incendiar el escenario con su enérgico street punk. Con actitud directa y sin artificios, ofrecieron un concierto crudo y vibrante que conectó bien con quienes buscaban una descarga sin contemplaciones. Su sonido, mezcla de Oi! y hardcore melódico, sirvió para despejar telarañas y dar inicio a una jornada extensa y cargada de nombres grandes.

Desde Andorra llegaron Persefone, que desplegaron su ya conocido metal progresivo con tintes extremos. Pese a actuar a plena luz del día, su propuesta técnica, atmosférica y exigente encontró un hueco entre el público, especialmente entre quienes aprecian las estructuras complejas y los pasajes instrumentales llenos de matices. No era fácil captar la atención en esas horas de calor abrasador, pero lo lograron a base de precisión y contundencia.
El ambiente cambió de tono con Ross the Boss, guitarrista y exmiembro fundador de Manowar, que dio al público una buena dosis de heavy metal clásico sin rodeos. Con un repertorio plagado de himnos de su etapa gloriosa, Ross se presentó con un grupo solvente y con actitud, dejando claro que aún conserva carisma y pegada. Temas como Hail and Kill o Battle Hymn (si sonaron) fueron coreados con entusiasmo, y muchos de los presentes agradecieron ese viaje directo al corazón del metal más tradicional.

Desde Dinamarca, D-A-D aportaron un aire más desenfadado y roquero al día. Con su mezcla de hard rock, un toque glam, ofrecieron un show divertido, sólido y muy bien recibido por el público. La banda demostró que la experiencia es un grado, y que incluso sin grandes artificios, un concierto puede funcionar gracias al ritmo, la cercanía y la energía. Para muchos, fue una agradable sorpresa.

Uno de los conciertos más singulares de la jornada fue el de Myles Kennedy, que alternó formato acústico y eléctrico en un set equilibrado y emocional. El cantante, conocido por su trabajo con Alter Bridge y Slash, demostró una vez más su impresionante capacidad vocal, transitando con soltura entre pasajes íntimos y momentos de mayor intensidad. Las canciones en acústico permitieron apreciar matices en su interpretación, mientras que las partes eléctricas devolvieron la tensión necesaria para mantener la atención de un público numeroso. Fue un concierto elegante y sincero, muy distinto a lo que suele verse en un festival como Hellfest, pero igualmente celebrado.

Grima, por su parte, propusieron una inmersión en su particular universo de black metal atmosférico. Envueltos en humo y luces frías, los rusos transformaron su actuación en una experiencia densa, casi hipnótica, que contrastaba con el entorno soleado del recinto. Sus composiciones, largas y envolventes, invitaron a una escucha más introspectiva, algo poco habitual a esas horas del día, pero que funcionó sorprendentemente bien.

Y entonces llegó uno de los platos fuertes del día: Savatage. La banda, muy esperada tras años de ausencia, ofreció un concierto memorable, cargado de emoción, teatralidad y grandes canciones. Desde el inicio con “Welcome” y “Jesus Saves”, el grupo dejó claro que no se trataba de una simple reunión nostálgica, sino de una reivindicación en toda regla de su legado. Sonaron también “Strange Wings”, “Handful of Rain” y “Chance”, esta última con su icónica sección coral a varias voces que dejó a muchos sin palabras.

El tramo central del show, con “Gutter Ballet” y “Edge of Thorns”, alternó fuerza, lirismo y un manejo brillante de las dinámicas. Pero el momento más emotivo de todo el concierto —y posiblemente de toda la jornada— llegó con “Believe”. Mientras los primeros acordes sonaban, las pantallas laterales y la enorme pantalla central del escenario mostraron a Jon Oliva sentado frente a un piano, interpretando en solitario los primeros versos de la canción. Su voz, cargada de emoción, llenó el recinto mientras en las pantallas empezaban a proyectarse imágenes de su hermano, Criss Oliva, guitarrista original del grupo fallecido en 1993. El silencio fue total, solo roto por los suspiros del público. Después de ese arranque íntimo, la banda al completo se unió para dar forma al resto del tema, en una interpretación poderosa que se sintió como un homenaje en toda regla. Muchos ojos se humedecieron. Fue un instante profundamente humano en medio de un festival dominado por la energía y la contundencia.

El tramo final del concierto incluyó “Power of the Night”, donde recuperaron la vertiente más agresiva de sus primeros años, y terminó con un apoteósico “Hall of the Mountain King”, donde la teatralidad y la técnica se dieron la mano en un estallido final. Fue, sin discusión, uno de los conciertos más aclamados del día, no solo por su valor musical, sino por la carga simbólica que arrastraba cada nota.

Más tarde, Terror descargaron toda su rabia en un set ultraviolento y sin concesiones. Los californianos convirtieron su actuación en una auténtica batalla campal entre el escenario y el público. Circle pits, saltos, pogos constantes… su propuesta hardcore sigue siendo una de las más intensas en directo, y aunque breve, su paso por Hellfest dejó huella en todos los que se atrevieron a plantarse frente al escenario.

La noche reservaba tres nombres de peso, y el primero en salir fue Judas Priest, que volvieron a demostrar por qué siguen siendo uno de los pilares fundamentales del heavy metal. Rob Halford, con su habitual presencia imponente, comandó un concierto sólido y demoledor. La banda, que actualmente gira con un repertorio equilibrado entre clásicos y cortes menos frecuentes, ofreció un set extenso y cuidadosamente estructurado.
Arrancaron con “All Guns Blazing” y “Hell Patrol”, dos misiles directos desde «Painkiller» que pusieron el listón bien alto desde el primer minuto. No tardaron en aparecer los clásicos coreados por todo el público, como “You’ve Got Another Thing Comin’” o “Breaking the Law”, verdaderos himnos intergeneracionales que hicieron retumbar el recinto. Halford, a sus años, sigue manejando con autoridad los tempos del directo, reservando su voz para los momentos clave, sin forzar pero sin ceder terreno.
Uno de los momentos más celebrados llegó con la interpretación de “A Touch of Evil”, donde el clima más oscuro y melódico caló fuerte entre los asistentes, y con “Night Crawler”, que mantuvo el tono sombrío con una potencia abrumadora. El bloque central del concierto incluyó temas menos habituales como “One Shot at Glory”, “Between the Hammer and the Anvil” o “Giants in the Sky”, esta última de su disco más reciente, que demuestra que la banda todavía tiene ideas frescas y bien producidas.

El repertorio también incluyó piezas breves pero efectivas como “Battle Hymn” o la intensa “Gates of Hell”, así como la afilada “The Serpent and the King”, que sonó particularmente contundente. El clímax, como era de esperar, llegó con el imbatible combo final: “Painkiller”, donde Halford volvió a rugir con fuerza; seguida por los bises de “Hell Bent for Leather”, “Living After Midnight”, y un cierre de manual para una banda que sigue sonando tan afilada como en sus mejores años.
Fue un concierto que equilibró perfectamente nostalgia y vigencia, potencia y control. Pocos grupos con más de 50 años de trayectoria pueden permitirse una actuación así, sin apenas altibajos. Judas Priest siguen siendo un referente, no solo por historia, sino porque todavía tienen mucho que decir sobre un escenario.

Después del vendaval metálico de Judas Priest, fue el turno de Scorpions, quienes ofrecieron un concierto más orientado al hard rock melódico y emocional, equilibrando energía y nostalgia con precisión. La banda alemana salió al escenario con “Coming Home”, perfecta como introducción, seguida por la contagiosa “Gas in the Tank”, un tema reciente que dejó claro que los veteranos no se conforman con vivir solo de su legado.
Poco después sonaron clásicos como “Make It Real” y “The Zoo”, que conectaron al instante con el público. El instrumental “Coast to Coast” permitió un respiro emocional antes de una sección especialmente celebrada: el medley que incluyó “Top of the Bill”, “Steamrock Fever”, “Speedy’s Coming” y “Catch Your Train”, cuatro canciones de los años setenta que sirvieron de guiño a sus seguidores más veteranos.
La recta central del concierto trajo una batería de hits infalibles: “Bad Boys Running Wild”, “Send Me an Angel” y “Wind of Change”, esta última coreada con emoción por miles de gargantas, ondeando algunas banderas y móviles iluminados. Klaus Meine, aunque más comedido físicamente, sigue siendo un vocalista elegante y preciso. Con “Loving You Sunday Morning”, la banda mantuvo ese tono entrañable, antes de ceder el protagonismo a Mikkey Dee, cuyo solo de batería fue breve pero contundente.
El tramo final se convirtió en una fiesta de rock de estadio con “Tease Me Please Me”, “Big City Nights” y “Still Loving You”, piezas que siguen funcionando como himnos atemporales. Para los bises, los alemanes se reservaron una traca final de dos temas imprescindibles: “Blackout”, que desató el headbanging generalizado, y “Rock You Like a Hurricane”, que puso el broche de oro a una actuación redonda. Fue un show sin grandes sorpresas, pero ejecutado con clase y con un repertorio pensado para gustar a todos los públicos.
Scorpions demostraron, una vez más, que dominan como pocos el arte de conectar con las emociones colectivas y que, pese al paso de los años, su directo sigue siendo impecable en sonido y ejecución.

El cierre de la jornada corrió a cargo de Dream Theater, quienes apostaron por una propuesta distinta, más técnica y cerebral, pero igualmente poderosa. Para muchos, fue un cambio de tono respecto al hard rock y heavy metal directo de los conciertos anteriores, y sin embargo, su actuación fue una experiencia envolvente, casi hipnótica, que premió a los que se quedaron hasta el final.
Arrancaron con la densa e inquietante “Night Terror”, que sirvió como carta de presentación de su atmósfera única. Desde ahí, se sumergieron en el universo de Metropolis Pt. 2: Scenes from a Memory con “Strange Déjà Vu” y una soberbia “Fatal Tragedy”, que llegó precedida por el pasaje instrumental de “Through My Words”. Fue uno de los momentos más celebrados del show, con el público más fan entregado a cada compás.
La intensidad subió con “Panic Attack”, donde la batería de Mike Portnoy y las líneas de bajo de John Myung dejaron boquiabiertos incluso a los no iniciados. Le siguió “The Enemy Inside”, una pieza contundente con mensaje, y la reciente “Midnight Messiah”, que aportó aire fresco al repertorio.

En el tramo final, “As I Am” ofreció una de las secciones más potentes y directas del set, antes de cerrar con la imprescindible “Pull Me Under”, recibida con entusiasmo y nostalgia a partes iguales. La ejecución de la banda fue, como es habitual en ellos, impecable: John Petrucci brilló en cada solo, Jordan Rudess aportó color y técnica desde los teclados, y James LaBrie cumplió con solvencia en un repertorio exigente.
Fue un final menos explosivo que el de otros cabezas de cartel, pero igualmente notable: un viaje musical para oídos atentos, que ofreció otra cara del metal, más progresiva y sofisticada, pero profundamente disfrutable para quienes se dejaron llevar por su propuesta.






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