Madrid tuvo que esperar muchos años, pero la espera valió la pena: Su Ta Gar, ‘Jaiotze Basatia’ y el euskera a todo volumen
Hay discos que pertenecen a una época y otros que, con el paso de los años, consiguen desprenderse de las fechas para seguir sonando con la misma contundencia. Jaiotze Basatia, el debut discográfico de Su Ta Gar, pertenece a esa segunda categoría. Treinta y cinco años después de su publicación, el cuarteto de Eibar regresó anoche a Madrid para reivindicar la vigencia de aquel trabajo y, de paso, saldar una larga deuda con una ciudad en la que hacía muchos años que no actuaban.

La cita congregó a una sala Mon prácticamente llena y a un público entregado desde los primeros compases. Sin teloneros, sin artificios escénicos y sin más elementos que sus instrumentos y una iluminación sobria, Su Ta Gar afrontaron el concierto con una idea muy concreta: recorrer su trayectoria y, en el centro de la velada, interpretar íntegramente Jaiotze Basatia, respetando el orden original de las canciones.
Pasadas las nueve de la noche, Aitor Gorosabel, voz y guitarra solista, Xabi Bastida, guitarra rítmica, Galder Arrillaga, batería, e Igor Díez, bajo y coros, ocuparon el escenario. Gorosabel y Bastida, únicos integrantes que permanecen desde los comienzos de la formación en 1988, encarnan la continuidad de una banda que ha construido una de las trayectorias más sólidas del heavy cantado en euskera.

El concierto arrancó con varios temas destinados a poner en marcha la maquinaria. Azken Gurutzada, Horixe Naiz, Erraietan Betirako y Arbasoen Mendekua sirvieron para medir la temperatura de una sala que no tardó en responder. Tras esos primeros envites, Aitor tomó la palabra por primera vez, dirigiéndose al público en castellano. Recordó que Su Ta Gar llevaba muchísimo tiempo sin regresar a Madrid y agradeció la presencia de quienes habían acudido a celebrar con ellos los 35 años de su primer álbum. Nazka puso entonces el punto final a ese preámbulo antes de entrar de lleno en el homenajeado.
Y llegó Jaiotze Basatia.
Interpretar un álbum completo tres décadas y media después de su publicación podría convertirse fácilmente en un ejercicio de nostalgia. No fue el caso. Desde el primer acorde, el repertorio evidenció que aquellas composiciones conservan músculo, personalidad y capacidad para conectar con varias generaciones.

Jaiotze Basatia, Begira, Sistematik Ihes, Mari y David eta Goliath fueron desgranando la primera parte del disco. Begira protagonizó uno de los primeros grandes momentos de la noche, con el público cantando la canción prácticamente de principio a fin. Mari también recibió una respuesta especialmente cálida, mientras que Zure Atzetik y Oinazearen Indarra aparecieron enlazadas, elevando todavía más la intensidad.
Antes de Zure Aurrean Makurtzen Naiz se produjo uno de esos instantes inesperados que terminan formando parte de la memoria de una noche. El público comenzó a entonar Hator, Hator, el tradicional villancico vasco, creando durante unos instantes una atmósfera colectiva que rompió la estructura habitual del concierto. Después, la banda retomó el repertorio hasta desembocar en Etsi Gabe y, finalmente, Jo Ta Ke.

Fue aquí donde la sala se transformó en una enorme garganta colectiva. Una marea de voces acompañó el tema con una intensidad que dejó patente el arraigo de estas canciones. Gorosabel volvió a dirigirse al público y destacó la emoción que le producía comprobar cómo algunos conocían las letras de memoria mientras otros simplemente las cantaban como podían. Para el vocalista, ahí reside una de las grandezas de la música: su capacidad para unir a las personas, porque «la música es amor».
Y aquella noche había mucho de unión. Entre el público madrileño también se encontraban numerosos vascos residentes en la capital, junto a seguidores que, sin necesidad de compartir idioma, habían hecho suyo el repertorio de Su Ta Gar.

Superado el viaje por Jaiotze Basatia, la banda amplió el recorrido con canciones de distintas etapas. Sonaron Diruaren Esklabu y Haika Mutil, la versión del clásico de Mikel Laboa. Después de esta última, Aitor aprovechó para presentar a sus compañeros de escenario y tuvo también un recuerdo especial para Borxa, batería fundador de Su Ta Gar. Un momento de memoria y reconocimiento antes de continuar con Enborra y Alarma Egoera condujeron la actuación hacia su tramo final, conectando el pasado con el presente de una formación que continúa defendiendo su propuesta con absoluta convicción. La celebración de un aniversario no se convirtió, por tanto, en una mirada exclusiva hacia atrás, sino en una oportunidad para demostrar que aquellas canciones conviven con naturalidad con el repertorio más reciente.
Los últimos acordes fueron recibidos con una prolongada ovación y los inevitables gritos de “Su Ta Gar, Su Ta Gar”, mientras la banda se despedía del público madrileño. Después de 8 años sin visitar la capital, el reencuentro dejó la sensación de una deuda largamente pendiente que, por fin, había quedado saldada. Solo queda esperar que el próximo regreso no vuelva a hacerse esperar tanto tiempo.




























