Madrid se arrodilla ante la doncella de hierro // Estadio Riyadh Air Metropolitano, 05/07/2025
Ayer, sábado 5 de julio de 2025, el epicentro del heavy metal parecía estar dividido en dos: por un lado, Birmingham despedía por todo lo alto a Ozzy Osbourne y Black Sabbath en un concierto histórico de despedida; por otro, en Madrid, miles de fieles se congregaban en el Estadio Metropolitano para recibir con los brazos abiertos la potente gira Run for Your Lives Tour 2025-2026 de Iron Maiden.
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El resultado: una noche inolvidable, donde el legado del metal clásico brilló con fuerza en dos ciudades emblemáticas del género. En Madrid, más de 50.000 asistentes se dieron cita para rendir tributo a una de las bandas más grandes de todos los tiempos, acompañados por los suecos Avatar, que ofrecieron un espectáculo lleno de teatralidad, potencia y personalidad propia.
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Desde el viernes, ya se notaba que algo especial estaba por suceder. Por el centro de Madrid, las camisetas negras empezaron a dominar el paisaje urbano. La Revi Live de Vicálvaro fue uno de los focos principales del ambiente previo, donde el Eddie’s Dive Bar montado para la ocasión ofrecía cervezas, buena música y merchandising, que se agotó dejando las baldas vacías. Allí se respiraba emoción, con fans compartiendo anécdotas y calentando motores al ritmo de The Trooper y Hallowed Be Thy Name.
El sábado, desde primeras horas de la tarde, el entorno del Metropolitano era una auténtica fiesta metálica. Los bares cercanos colapsaban con grupos de amigos brindando con cervezas bien frías mientras sonaban clásicos de Maiden a todo volumen. Camisetas de giras míticas, chaquetas parcheadas, banderas e incluso familias con sus pequeños vestidos para la ocasión. Todos unidos por una misma devoción.
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Con el sol aún alto, Avatar salió al escenario para comenzar el evento. La banda sueca se estrenaba con este concierto en la gira de Maiden tras tomar el testigo de Halestorm, teloneros en la primera parte de esta gira. Los suecos fueron fieles a su estilo excéntrico y poderoso, ofreciendo un espectáculo tan contundente como visualmente impactante.
Johannes Eckerström, “the clown”, maquillado como un payaso oscuro —a mitad de camino entre el Joker y Alice Cooper— actuó como maestro de ceremonias en un circo infernal de metal moderno, agresivo y teatral. “¿Estáis listos para enloquecer?”, “Avatar está en vuestros corazones” o “Bienvenidos a la familia” fueron algunas de las expresiones que utilizaron para animar a los asistentes y atraerlos a su “redil”. Y es que el vocalista mostró gran cercanía con el público y un gran entusiasmo en lo que denominó “El mejor verano de sus vidas”.
Arrancaron con Dance Devil Dance, marcando el tono desde el primer segundo. El público, que en su mayoría esperaba con ansias a Maiden, respondió con entusiasmo a temas como Captain Goat, In the Airwaves y Bloody Angel. El despliegue escénico fue brillante, sincronización precisa y una entrega total por parte del grupo.
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El momento más celebrado fue The Dirt I’m Buried In, uno de los grandes himnos recientes de Avatar. Cerraron con una explosiva Hail the Apocalypse, dejando claro que no son solo los teloneros: son un grupo de peso, con identidad propia y un directo cada vez más respetado en la escena internacional. Sin duda, no nos perderemos su próxima visita en febrero.
Con los últimos rayos del sol y el estadio prácticamente lleno, llegó el momento más esperado. A las 20:50, sonó Doctor, Doctor, la mítica canción de UFO que sirve de trampolín para dar comienzo al espectáculo, seguido por un video de animación de la zona de Beaumont Road Estate en Leyton, un barrio que se encuentra entre Stratford y Walthamstow, en un área trabajadora y humilde.

Con un repertorio centrado en sus discos más emblemáticos de los años 80 y 90, la formación ofreció un recorrido por sus 50 años de historia. El setlist de 18 canciones abarcó desde su álbum debut Iron Maiden (1980) hasta Fear of the Dark (1992), dejando fuera cualquier referencia a su discografía posterior y a No Prayer for the Dying (1990), el único álbum de aquella etapa sin representación.
La secuencia inicial fue una auténtica declaración de intenciones: Murders in the Rue Morgue, Wrathchild, Killers y una impactante Phantom of the Opera se sucedieron con fuerza y precisión. Durante Killers hizo su primera aparición Eddie, el icónico personaje de la banda, en una versión sangrienta y amenazante que desató vítores en las primeras filas.

Luego vinieron joyas como The Number of the Beast, The Clairvoyant y Powerslave, esta última con Bruce Dickinson portando una máscara ceremonial, añadiendo dramatismo a uno de los temas más complejos del repertorio. “Scream for me, Madrid!” —gritó Bruce—, desatando una de las ovaciones más potentes de la noche.
El público madrileño, entregado desde el inicio, se dejó la voz en himnos como 2 Minutes to Midnight, Run to the Hills, The Trooper y Fear of the Dark. Estos clásicos no solo no han perdido fuerza: parecen más potentes que nunca, sobre todo cuando son coreados por decenas de miles de gargantas al unísono.

En The Trooper, Bruce ondeó la bandera británica y la española mientras un segundo Eddie, caracterizado como soldado del siglo XIX, cruzaba el escenario. En Rime of the Ancient Mariner, uno de los momentos más complejos del repertorio, la Doncella mostró su virtuosismo musical con una ejecución impecable. Y Seventh Son of a Seventh Son ofreció uno de los momentos más visuales, con Bruce recorriendo las pasarelas superiores del escenario.
Uno de los momentos más intensos llegó con Hallowed Be Thy Name, en la que Bruce apareció dentro de una jaula iluminada, en una puesta en escena de aire teatral que culminó con una explosión de luces y gritos. El tema dio paso a Iron Maiden, en cuyo tramo final emergió un Eddie gigante desde la enorme pantalla del fondo del escenario, elevando la experiencia a niveles épicos.

Para los bises, el grupo guardó tres cartas maestras: Aces High, Fear of the Dark y Wasted Years. Tres himnos que el público coreó con energía renovada, pese al calor, el cansancio y las más de dos horas de concierto. Fue el broche perfecto para una noche que quedará grabada en la memoria de todos los presentes.
Tras el concierto, en los bares cercanos al Metropolitano se comentaba el show con entusiasmo, aunque también con quejas de algunos asistentes por problemas puntuales de sonido en ciertas zonas del estadio, especialmente las laterales, y porque el viento se llevó parte del audio durante algunos pasajes. En otras zonas, sin embargo, el sonido fue nítido y potente. A pesar de esto, el balance fue rotundamente positivo.

Dickinson demostró por qué sigue siendo uno de los mejores frontmen del rock. Incansable, lleno de magnetismo y en gran forma vocal, no paró quieto ni un segundo. Si bien es cierto que sus agudos no son los de los años 80, con el paso de los años es evidente que canta mejor. Entre tema y tema, soltó bromas, arengó al público y mantuvo la energía al máximo nivel.
La base rítmica, con Steve Harris al bajo y Simon Dawson a la batería, fue sólida como una roca. Aunque el carismático bajista estuvo, bajo mi punto de vista, más estático que en otros conciertos de este tour, Harris no perdió un ápice de liderazgo, mostrando su fuerza sobre las tablas. El trío de guitarristas —Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers— alternó solos, melodías y armonías con una compenetración impecable. Cada nota, cada riff, cada golpe de bombo sonó medido, preciso, demoledor.

Después de medio siglo, Iron Maiden sigue demostrando por qué es una de las bandas más importantes de la historia del rock. Con un espectáculo que combina música, narrativa, teatralidad y técnica, ofrecieron a Madrid una noche memorable. La conexión con el público, el respeto por su propio legado y una ejecución impecable hacen que cada concierto de Maiden no sea solo un show, sino un ritual compartido por varias generaciones.
Maiden rugió. Madrid respondió. Y el heavy metal vivió una de sus noches más gloriosas.
Up the Irons.





























