IRON MAIDEN + THE RAVEN AGE – BARCLAYCARD CENTER, MADRID – 13/07/2016
Más Que Un Concierto
¿Por qué está el Palacio de los Deportes – perdón, el Barclaycard Center – de Madrid lleno hasta la bandera un miércoles por la tarde? ¿Y porqué la mayoría llevan camisetas de grupos de metal? Pues porque había llegado el día: IRON MAIDEN regresaban a la capital para presentar su espectáculo ante unos fans ávidos de ver la Doncella una vez más… o en algunos casos, por primera vez. Aún presentando su último disco “The Book Of Souls”, la banda comandada por Steve Harris aterrizaba en Madrid después de arrasar en el Resurrection Fest, dispuestos a satisfacer a un público que había colgado el cartel de Sold Out en un aforo de más de diecisiete mil personas.
Pero antes del plato fuerte hay que pasar por los entrantes, y en esta ocasión nos encontramos con THE RAVEN AGE, una joven banda formada por los guitarristas Dan Wright y George Harris (el hijo de Steve Harris) y que ya ha compartido escenario con grupos como Mastodon, Gojira o Delain. Muchos asumirán que la banda abre esta gira por ser su guitarrista hijo de quien es, y muy posiblemente no les falte razón, pero al contrario de lo que ocurrió en su día con la encantadora hija del bajista, Lauren Harris, THE RAVEN AGE salieron al escenario con algunos argumentos a considerar, presentando temas como “Uprising”, “Promised Land” o “The Death March”.
Fue evidente que a la banda aún le faltan tablas y que tiene grandes cosas que mejorar, pero dieron un concierto enérgico, con el vocalista Michael Borrough moviéndose por todo el escenario (con un estilo que evidenciaba que llevaba varios conciertos fijándose en el maestro de ceremonias Bruce Dickinson) y tratando de meter al público en materia. Hubo momentos mejores y peores y lo cierto es que no estamos ante una banda que destaque por su originalidad (la mezcla de un metal moderno con un estilo melódico algo más tradicional prolifera mucho últimamente), pero temas como “Eye Among The Blind” o “Salem’s Fate” son motivo suficiente para concederles una oportunidad en el futuro y estar atentos a sus próximos movimientos.
La espera no fue muy realmente muy larga, pero los minutos se hicieron interminables hasta que comenzó a sonar “Doctor, Doctor” de UFO, tema que el gigante británico está usando como introducción en esta gira. El público coreó el estribillo de este clásico entre clásicos justo antes de que comenzásemos a ver imágenes en las pantallas del nuevo juego de IRON MAIDEN (Legacy Of The Beast) y una pequeña animación que nos dejó en brazos del primer tema del setlist: “If Eternity Should Fail” nos recibió con una puesta en escena que ya se destapaba como magnífica, con una banda que salió dispuesta a comerse el escenario y un Bruce Dickinson que desde el primer momento dejó claro que está en un excelente estado de forma vocal.
¿Cómo se describe un concierto de IRON MAIDEN? Posiblemente es una de las tareas más complicadas. Cuando nos encontramos ante un grupo como este, con su historia e influencia, el concierto en sí tiene mucha menos importancia que todas las sensaciones que te atraviesan el cuerpo. Muchos crecimos con esta banda. Muchos aprendimos a amar el metal con este grupo. Y cuando los tienes en un escenario delante tuyo, apenas importa si el setlist te está gustando más o menos o si el sonido es mejor o peor: cada verso, cada solo de guitarra, cada grito lo escuchas saliendo de tu corazón, de tus recuerdos, de aquel momento mágico en el que lo escuchaste por primera vez, de aquel primer headbanging siguiendo las galopadas del bajo de Harris.
Habrá quien disfrute más de los nuevos temas de la banda y habrá quien los disfrute menos, habrá quien hubiera preferido un setlist con más clásicos y quien agradeciera los temas nuevos porque los clásicos ya los ha visto antes. “Speed Of Light” fue el single de su último disco y el segundo tema del setlist. Y me sorprendió lo bien recibido que fue, considerando que cuando salió recibió las mismas críticas que alabanzas: todo el pabellón acompañó a Bruce, no solo en los estribillos, sino también en las estrofas. Quien haya visto un concierto de IRON MAIDEN sabe que es difícil quitarle los ojos de encima a Dickinson y el espectáculo que monta a su alrededor, pero sería injusto no mencionar la labor de Janick Gers como animador, mostrándose enérgico, moviéndose mucho y, lo más importante, acertado en la guitarra en todo momento: sin duda el que más espectáculo dio aparte de Bruce.
Steve Harris tiene una presencia especial y aunque nunca se le ha visto ir dando cabriolas por un escenario, si que sabe cómo llegar a los fans con un par de movimientos, ya característicos. Fue lo que pudimos ver con el primer clásico de la noche, un tema ya con solera que, como Dickinson apuntó en su primer saludo de la velada, se compuso antes incluso de que naciera una buena parte de los allí presentes. “Children Of The Damned” es uno de esos temas que siempre aparecen en la lista de favoritos de casi cualquier seguidor de la banda y todas las gargantas corearon su estribillo. Lo reconozco: no es ni de lejos la primera vez que les veo, pero alguna lágrima resbaló por mi mejilla cuando comenzó a sonar este tema.
Y es que, a riesgo de repetirme, ver a IRON MAIDEN es mucho más que ir a un concierto de metal: es una experiencia que, por muchas veces que la repitas, sigue siendo único y especial. Es imposible no sentirse invadido por un torrente de emociones y recuerdos. Y antes de darte cuenta estás gritando, saltando y llorando como si fuera el primer concierto que ves en tu vida y da lo mismo que sea un clásico como el que acabo de mencionar o un tema más reciente como “Tears Of A Clown”, emotivamente dedicada al desaparecido Robin Williams.
La noche seguía avanzando y la Doncella golpeaba implacable con cada nueva interpretación. Le llegó le turno a “The Red And The Black”, posiblemente uno de los temas más celebrados de su último disco “The Book Of Souls”, una épica pieza que supera los trece minutos de duración y que, en muchos aspectos, recuerda a otros largos clásicos de la banda como la archiconocida “The Rhyme Of The Ancient Mariner”. Para los que disfrutaron del último disco de los británicos este tema era uno de los momentos más esperados de la noche, principalmente por comprobar como sonaba este temazo en directo. Fue un gran momento, el sonido acompañó especialmente bien en este tema y pudimos disfrutar de una interpretación cuidada y divertida de este corte: se notó que la banda quería poner todo el empeño posible en que los temas de su último disco calaran hondo en el público.
El escenario cambiaba ante nuestros ojos prácticamente en cada tema y cuando vimos aparecer el Eddie con la bandera británica en ristre todos sabíamos lo que iba a sonar: “The Trooper” llegó como una avalancha sobre el público, impulsándonos con sus míticas letras y su inconfundible riff. Los clásicos son clásicos por algo y este tema no podía perderse una cita como esta. Sin duda es uno de los cortes más queridos por los seguidores de la Doncella, aunque personalmente agradecí mucho más la interpretación del siguiente. Y es que “Powerslave” no se deja ver con tanta frecuencia como debería en los setlist de la banda y lo cierto es que fue un auténtico lujo de interpretación, con un Dickinson pletórico y una escenografía muy apropiada. Simplemente mágico.
Tras estos dos clásicos la banda regresó al nuevo disco por última vez en la noche, para interpretar el single “Death Or Glory” y la nominativa “The Book Of Souls”, un tema cargado de misterio y épica que fue el momento elegido por el grupo para la aparición del esperado Eddie gigante, que además de su divertido show habitual, nos permitió disfrutar de un espectacular momento en el que Dickinson le arrancaba su corazón de plástico empapado en sangre falsa, al más puro estilo azteca.
A ninguno nos apetecía pensarlo, pero la recta final del concierto se acercaba y la banda la anunció con la interpretación de “Hallowed Be Thy Name”. Es posiblemente mi canción favorita de todos los tiempos: no me importa si es la mejor, la peor o la más fea o bonita, pero tiene algo especial que siempre ha conectado conmigo y, no importa cuantas veces la vea, sigue siendo un momento verdaderamente especial. Y sí, volví a llorar por segunda vez aquella noche, mientras cantaba sus versos junto a miles de gargantas más. Seguro que no fui el único, como tampoco faltarían los que sintieran algo similar con la siguiente, y es que “Fear Of The Dark” es uno de los mayores clásicos de la formación británica, un momento imprescindible. Finalmente, y como es habitual, la banda se lanzó a interpretar su tema homónimo: “Iron Maiden” sonó tan divertida como siempre y puso el punto y aparte a un concierto que aún nos reservaba algunos bises.
El primero fue, como no podía ser de otra manera, su clásico entre clásicos «The Number Of The Beast«. Los dígitos de la bestia volvieron a retumbar en las gargantas de todos los presentes y la banda volvió a derrochar energía y espectacularidad para ofrecer un show visual memorable. El segundo bis fue un llamamiento a la hermandad, representado en la hímnica «Blood Brothers«, que también disfrutó de casi dos decenas de miles de voces coreando su estribillo. Por último, IRON MAIDEN nos regalaron una nueva interpretación de «Wasted Years» y abandonaron el escenario tras despedirse de su público y arrojar los ya clásicos regalos en forma de baquetas, puas y parches de batería, dejándonos en compañía de la alegre «Always Look On The Bright Side Of Life» como tonadilla mientras abandonábamos el emplazamiento cansados, sudorosos, afónicos y sonrientes ¿Hace falta decir algo más?

























