La Doncella conquista Cartago Nova en la gran noche del Rock Imperium
No pensábamos volver a encontrarnos con Iron Maiden tan pronto. Después de haber seguido a la formación británica en las primeras fechas de la gira europea y de reencontrarnos con ellos en Hellfest, todo apuntaba a un descanso razonable antes de la siguiente cita. Pero con Iron Maiden los planes rara vez se respetan demasiado tiempo. Una conversación, una idea lanzada casi sin peso, y de pronto había billetes, carretera y Cartagena en el horizonte.
El motivo no era menor. El Rock Imperium acogía una de las paradas clave de Run For Your Lives, la gira con la que Iron Maiden celebra su 50º aniversario. Una celebración que no se está limitando a mirar al pasado de forma nostálgica, sino a reinterpretarlo en directo con una selección de repertorio que recorre la etapa comprendida entre Iron Maiden (1980) y Fear of the Dark (1992), uno de los periodos más fértiles y reconocibles de su historia.

La cita en Cartagena tenía además un valor añadido dentro del calendario reciente de la banda. La última vez que Iron Maiden había actuado en la Región de Murcia fue el 20 de julio de 2023 en el Estadio Enrique Roca, dentro de la gira The Future Past. Aquella noche estuvo marcada por un enfoque distinto, más centrado en el material reciente y en la etapa de Somewhere in Time. En esta ocasión, el planteamiento era radicalmente opuesto: mirar hacia atrás sin concesiones, recuperar piezas poco habituales y construir un relato musical centrado en los primeros grandes capítulos de su discografía.
El recinto del Rock Imperium se fue llenando con varias horas de antelación. No era una cita más dentro de un festival, sino el eje central de la jornada. Se respiraba ese ambiente previo a las grandes ocasiones, con seguidores llegados desde distintos puntos de España y de Europa, muchos de ellos repitiendo la ruta habitual de la gira. Abrazos, reencuentros y conversaciones sobre conciertos recientes formaban parte del paisaje tanto como el propio escenario.

Cuando las luces se apagaron, el arranque con “The Ides of March” funcionó como prólogo perfecto. Sin artificios innecesarios, el tema instrumental dio paso a la entrada del grupo mientras las pantallas envolvían el montaje con imágenes diseñadas específicamente para esta gira. Uno de los grandes aciertos de Run For Your Lives es precisamente ese: un uso del soporte visual que no sustituye al grupo, sino que amplifica el concepto de cada canción sin romper la estética clásica de Iron Maiden.
Sin pausa llegó el primer golpe directo con “Murders in the Rue Morgue”, una de esas recuperaciones que justifican por sí solas el enfoque de la gira. Bruce Dickinson apareció con la energía habitual, ocupando cada rincón del escenario con una movilidad inagotable y una capacidad interpretativa que sigue siendo uno de los grandes pilares del directo del grupo. Su voz mantiene una presencia notable, pero es su forma de construir el personaje sobre el escenario lo que sigue marcando diferencias.
A su alrededor, Steve Harris ejercía una vez más como núcleo absoluto de la formación. El bajista no necesita protagonismo adicional: su forma de tocar, de marcar el ritmo y de interactuar con el resto de músicos es suficiente para sostener buena parte del peso del espectáculo. A su lado, Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers volvieron a demostrar que el esquema de tres guitarras no solo funciona, sino que aporta una riqueza sonora difícil de replicar en directo.

La primera parte del concierto avanzó con “Wrathchild” y “Killers”, dos piezas que siguen conservando una frescura sorprendente más de cuatro décadas después de su publicación. La respuesta del público fue inmediata, con una implicación constante en los estribillos y una atención especial a la línea de bajo de Harris, siempre reconocible y fundamental en la construcción del sonido de la banda.
Uno de los momentos más destacados del primer bloque llegó con “Phantom of the Opera”, probablemente una de las composiciones que mejor resume la ambición temprana de Iron Maiden. Cambios de ritmo constantes, desarrollo instrumental extenso y una ejecución precisa que volvió a poner de relieve el nivel técnico del grupo. Lejos de ser un ejercicio de nostalgia, la interpretación sonó vigente, casi desafiante, como si el paso del tiempo no hubiera alterado su estructura.
El primer gran estallido colectivo llegó con “The Number of the Beast”. La introducción narrada sigue funcionando como detonante inmediato para el público, y en Cartagena no fue diferente. La aparición de Bruce Dickinson caracterizado para la ocasión marcó el inicio de uno de los momentos más reconocibles del repertorio del grupo. Pocas canciones en la historia del heavy metal mantienen una capacidad de impacto tan inmediata como esta.

Pero si había una decisión especialmente significativa en esta gira era la recuperación de “Infinite Dreams”. Su inclusión en el repertorio de 2026 supone uno de los mayores alicientes para los seguidores de largo recorrido. La composición, perteneciente a Seventh Son of a Seventh Son, apareció como un punto de inflexión dentro del concierto, aportando un tono más atmosférico y progresivo dentro de un bloque inicial dominado por la energía directa.
La interpretación fue especialmente cuidada. Dickinson abordó los distintos matices de la canción con solvencia, mientras la base instrumental construía un desarrollo sólido y bien articulado. Las proyecciones acompañaban el carácter introspectivo del tema, reforzando la sensación de estar ante una pieza que aporta un equilibrio necesario dentro del repertorio.

Tras ese punto más contenido, el concierto entró en su tramo central con tres composiciones de gran peso: “Powerslave”, “Two Minutes to Midnight” y “Rime of the Ancient Mariner”. En el primer caso, el componente visual adquirió un papel destacado, con una ambientación inspirada en el Antiguo Egipto que encajaba perfectamente con el espíritu del tema. En el segundo, la inmediatez del riff volvió a activar al público de forma casi automática.
El gran desafío llegó con “Rime of the Ancient Mariner”, una pieza que supera los trece minutos y que exige una atención constante tanto del grupo como de la audiencia. Lejos de perder intensidad, la interpretación mantuvo un nivel notable durante todo su desarrollo, alternando pasajes más densos con otros de carácter narrativo. La ejecución de Iron Maiden en este tipo de composiciones sigue siendo uno de los aspectos que los distingue de la mayoría de bandas del género: la capacidad de sostener estructuras largas sin perder cohesión.
Superado ese bloque, el concierto entró en su recta final con “Run to the Hills”, “Seventh Son of a Seventh Son”, “The Trooper”, “Hallowed Be Thy Name” y el cierre con “Iron Maiden” antes de los bises. Cada una de estas piezas reforzó la idea central del espectáculo: no se trata de un repaso superficial, sino de una selección pensada para representar distintas etapas creativas del grupo con coherencia y equilibrio.

En los bises, “Aces High” abrió el tramo final con su habitual intensidad, seguida de “Fear of the Dark”, que volvió a generar uno de los momentos de mayor participación del público. El cierre con “Wasted Years” funcionó como despedida ideal para una gira que mira hacia atrás sin perder perspectiva de presente.
Tras la última nota, Bruce Dickinson tomó la palabra para despedirse y dejó caer una frase que no pasó desapercibida: “Nos veremos el próximo año”. Una declaración breve, pero suficiente para alimentar la expectativa de un posible regreso al Rock Imperium en 2027, en este caso con su proyecto en solitario.
Más allá de esa promesa futura, lo vivido en Cartagena confirma que Iron Maiden atraviesa una etapa de enorme solidez. No hay sensación de rutina ni de repetición automática del repertorio. Al contrario, la gira del 50º aniversario funciona como una revisión activa de su legado, interpretado con energía, precisión y una puesta en escena que sigue evolucionando sin traicionar su identidad.
Cinco décadas después de su nacimiento, Iron Maiden sigue siendo una banda capaz de convertir cada concierto en un acontecimiento. Cartagena no fue una excepción. Fue una nueva demostración de que su historia no pertenece únicamente al pasado, sino que sigue escribiéndose cada vez que pisan un escenario.



























