TORA DAA clausura con blues/rock y emoción la “35ª Edición del Festival Internacional Canarias Jazz y Más Músicas Creativas” // Las Palmas de GC – 25/07/2026

La 35ª edición del “Festival Internacional Canarias Jazz & Más Músicas Creativas” bajó el telón el pasado 25 de julio en la Plaza de Santa Ana de Las Palmas de Gran Canaria con una actuación que terminó convirtiéndose en una de las grandes sorpresas de la presente edición. La banda noruega Tora Daa, liderada por la guitarrista, cantante y compositora Tora Dahle Aagård, fue la encargada de clausurar el festival con un concierto que trascendió cualquier etiqueta estilística para ofrecer un intenso recorrido por el blues-rock, el soul, el funk y el rock contemporáneo, siempre con la guitarra eléctrica como principal hilo conductor.

Apenas media hora antes del inicio de la actuación tuvimos la oportunidad de conversar en el backstage con Alberto Hernández, quien este año asumía la dirección del festival a través de la productora Jeito, tomando el relevo generacional de Miguel Ramírez, que tras treinta y cuatro ediciones al frente continúa vinculado al Canarias Jazz & Más en las relaciones internacionales y en la búsqueda de nuevas propuestas artísticas. Durante la conversación nos explicó que Tora Daa llegó a la programación a través de una promotora nórdica junto a otros artistas. Tras escuchar sus trabajos, la organización decidió que fuera la encargada de cerrar la presente edición. Sin embargo, reconocía que el carácter más melódico y cercano al pop de algunas composiciones de su reciente Prayer and Pleasure despertó ciertas dudas sobre el enfoque que finalmente ofrecería la banda sobre el escenario.
Bastaron apenas unos minutos para comprobar que aquellas dudas desaparecerían por completo. A las 21:35 horas comenzó a sonar la introducción de “Sugar”. La iluminación, sin recurrir a grandes despliegues escénicos, combinaba los focos LED instalados tanto en una torreta lateral como tras el escenario, donde un juego de luces envolvía a la banda y se integraba con el gran panel luminoso situado al fondo, mientras las farolas de la propia Plaza de Santa Ana completaban de forma natural la atmósfera del recinto. Sin necesidad de grandes artificios, la música asumió desde el primer instante todo el protagonismo.

Como una auténtica Guitar Hero Woman, Tora Dahle Aagård apareció empuñando su guitarra mientras descendía por las escaleras que comunican el escenario con la plaza para situarse a escasos metros del público. Acompañada por un sólido riff sostenido sobre la batería, rompió desde el primer compás la barrera habitual entre artista y espectadores, estableciendo una cercanía que marcaría el desarrollo de todo el concierto.
Aquella declaración de intenciones encontró continuidad con «I Love You», donde la banda reforzó su vertiente más claramente blues-rock gracias a una sucesión de riffs que confirmaban que la guitarra seguiría ocupando el centro del discurso musical durante toda la noche.
Con «Baby Blue» comenzaron a aflorar nuevos matices. Los sonidos funk fueron ganando terreno mientras la contundencia de la batería aportaba una energía creciente. En varios momentos, Tora animó al público realizando con el brazo un gesto que evocaba el característico movimiento de remar asociado a la tradición vikinga, encontrando una inmediata respuesta entre los asistentes.

El primer gran cambio de atmósfera llegó con «One More Drinks». Anders Brønstad inició el tema completamente solo a la guitarra antes de que se incorporaran progresivamente Tora y el resto de la banda. La composición mostró el lado más íntimo del grupo, permitiendo que la guitarrista llevara varias veces la mano al corazón antes de cerrar la interpretación con un elegante solo que fue recibido con una cálida ovación.
Ese clima de aparente serenidad sirvió únicamente como antesala de uno de los primeros grandes momentos del concierto. Tras un cambio de guitarra por parte de Tora, «Cry for Me», perteneciente al celebrado álbum Girls (2020), devolvió el protagonismo al blues-rock más intenso. Con la púa roja entre los labios, dejó sonar lentamente las primeras notas hasta que, llegada la primera gran transición del tema, giró con decisión sobre sí misma y dio paso a una poderosa aceleración de la batería. A partir de ese instante, la canción creció de forma imparable.

Fue entonces cuando Tora volvió a abandonar el escenario para descender nuevamente por las escaleras y acercarse todavía más al público. Allí desarrolló una interpretación cargada de sentimiento, enlazando varios solos de guitarra que provocaron algunos de los aplausos más intensos de la primera mitad del concierto. La reverencia con la que puso fin a la canción simbolizó el respeto mutuo que ya se había establecido entre la banda y los asistentes.
Hasta ese momento, el concierto había dejado claro el extraordinario nivel instrumental de Tora Daa. Sin embargo, la intensidad alcanzada con “Cry for Me” no marcó el punto culminante de la actuación. Al contrario, a partir de ese instante comenzó a revelarse una segunda dimensión en la que la calidad instrumental dejaba de ser el único argumento. Más allá de la impecable ejecución de cada tema, empezaba a percibirse que ni las introducciones de Tora ni el propio orden del setlist respondían al azar. Cada canción encontraba sentido en la anterior y preparaba el terreno para la siguiente, construyendo un relato que avanzaba con la naturalidad de una obra concebida en tres actos.

«Little Bird», perteneciente al reciente Prayer and Pleasure, actuó como un delicado puente entre la primera mitad del concierto y el núcleo emocional de la actuación. Sin renunciar al protagonismo de la guitarra, la banda apostó por una interpretación de enorme sensibilidad donde la voz de Tora adquirió un mayor peso expresivo. Era la calma necesaria antes de que el concierto comenzara a mostrar su verdadero significado. Ese momento llegó con «Higher».
Antes de comenzar la canción, Tora interrumpió por unos instantes la actuación para dirigirse al público con la cercanía que había demostrado desde el inicio del concierto. Explicó que el tema estaba dedicado a su «maravillosa novia» y pidió la colaboración de los asistentes con una sencillez que arrancó sonrisas entre las primeras filas.
—«Solo tenéis que cantar una palabra… Higher. Es muy fácil. Me ayudaría mucho si lo hacéis.»

La respuesta fue inmediata. Tras enseñar la melodía, la Plaza de Santa Ana comenzó a acompañarla en el estribillo mientras la banda desarrollaba una brillante fusión de funk, soul y blues sostenida por uno de los solos de guitarra más inspirados de la noche. Lo que hasta entonces había sido un concierto contemplado desde la admiración comenzaba a convertirse en una experiencia compartida. El público dejaba de limitarse a escuchar para formar parte activa del espectáculo.
Sin embargo, aquella comunión con los asistentes no constituía un fin en sí mismo. Apenas unos minutos después, el concierto dio un giro tan inesperado como profundamente conmovedor.
Un nuevo cambio de guitarra por parte de Tora precedió a las palabras con las que introdujo el siguiente bloque del repertorio.
—«La primera canción se llama Run Faggot Run. La siguiente es They Say. Ambas tienen una historia detrás.»
Aquella breve presentación bastó para comprender que el concierto estaba a punto de abandonar el terreno puramente musical para adentrarse en uno mucho más personal.

«Run Faggot Run» irrumpió con una intensidad contenida donde la guitarra volvió a asumir el protagonismo absoluto. Mientras el resto de la banda sostenía una base sólida y elegante, Tora parecía dialogar con su instrumento desde una mezcla de introspección y rabia contenida. Sus expresiones faciales acompañaban cada frase musical como si reviviera el propio relato que estaba interpretando. Poco después, Anders Brønstad adquirió también un protagonismo especial en un brillante diálogo entre ambas guitarras que alcanzó uno de los momentos visualmente más potentes de la noche cuando Tora subió a la tarima de su compañero para tocar junto a él. Sin necesidad de artificios, ambos guitarristas construyeron una escena de enorme fuerza escénica, elevando la intensidad del concierto mientras sus guitarras parecían responderse mutuamente en un intercambio cargado de complicidad y energía.
Sin detenerse, la banda enlazó con «They Say», recuperando una composición perteneciente al primer EP Change of Scenery (2016). Fue entonces cuando el verdadero alcance del mensaje comenzó a cobrar todo su sentido. Si «Run Faggot Run» retrata el odio y la persecución sufridos por las personas LGTBIQ+, «They Say» refleja las heridas emocionales que dejan esos discursos cuando el rechazo pretende justificarse desde determinadas interpretaciones religiosas. Ambas canciones dialogaban entre sí como dos capítulos inseparables de una misma historia, conectando además con el propio universo conceptual de Prayer and Pleasure, cuyo inicio incorpora la estremecedora frase «Let God burn them», pronunciada por el polémico pastor estadounidense Steven Anderson y utilizada por la banda como una denuncia explícita de la retórica de odio dirigida contra el colectivo LGTBIQ+.

Hasta ese momento, el concierto había demostrado el extraordinario talento instrumental de Tora Daa. A partir de aquí comenzaba a mostrar también el compromiso artístico que sustenta muchas de sus composiciones. Lejos de convertir el escenario en una tribuna, la banda eligió el camino más difícil y probablemente el más eficaz: dejar que fueran las canciones quienes hablaran por sí solas.
La transición hacia «Dear Lord» resultó tan natural como sobrecogedora. Desde el público, una voz rompió el silencio con un espontáneo «¡Guapa!», al que Tora respondió sonriendo con un sencillo y cariñoso «I love you». A continuación, presentó una de las composiciones más emotivas de su último trabajo.
Dentro del recorrido emocional planteado por Prayer and Pleasure, «Dear Lord» puede entenderse como una conversación íntima con Dios tras el conflicto expuesto en las dos canciones anteriores. Si «Run Faggot Run» y «They Say» denunciaban el odio legitimado desde determinados discursos religiosos, aquí la oración dejaba de ser una afirmación de fe para convertirse en una búsqueda de respuestas.

La interpretación alcanzó una delicadeza extraordinaria. La batería marcaba el pulso con absoluta sutileza mientras el resto de la banda permanecía deliberadamente en un segundo plano, permitiendo que la voz y la guitarra de Tora sostuvieran por sí solas todo el peso emocional del tema. En uno de los instantes más memorables del concierto, la guitarrista abandonó el centro del escenario para sentarse en el primer escalón de la parte alta de la escalinata, desde donde interpretó un sobrecogedor solo de guitarra. Aquella imagen resumía a la perfección la filosofía de la actuación: una artista que, lejos de buscar la grandilocuencia, elegía la cercanía y la emoción como principales vehículos de expresión.
A esas alturas resultaba evidente que el concierto había dejado de avanzar únicamente sobre un repertorio de canciones para transformarse en un auténtico relato. La impecable ejecución musical seguía siendo uno de sus grandes pilares, pero ahora quedaba claro que cada introducción, cada silencio y cada composición formaban parte de un discurso concebido con la precisión de una obra en tres actos. El desenlace estaba aún por llegar, pero el mensaje que Tora Daa quería transmitir ya había alcanzado de lleno al público de la Plaza de Santa Ana.
Tras la intensidad emocional de «Dear Lord», el concierto parecía haber alcanzado su punto de máxima introspección. Sin embargo, el desenlace todavía reservaba algunos de los momentos más memorables de la noche. Lejos de instalarse en el dolor o en la denuncia, Tora Daa decidió conducir el relato hacia un terreno completamente distinto, demostrando que el verdadero sentido de las canciones anteriores no residía únicamente en señalar el conflicto, sino en mostrar el camino para superarlo.

Antes de interpretar «My Everything», Tora volvió a dirigirse al público con la cercanía que había caracterizado toda la actuación.
—«Ahora vamos a tocar esta canción. Y cuando termine… me encantaría que pidierais otra más. Luego otra… y entonces nos iremos. Así que… lo siento mucho, chicos.»
La Plaza de Santa Ana respondió entre risas y aplausos, plenamente consciente de que el concierto se acercaba a su desenlace.
Con aquellas palabras dio paso a “My Everything”, una luminosa declaración de amor, libertad y esperanza que se convirtió en la conclusión natural del viaje emocional que la banda había construido desde el inicio del concierto..
En esta ocasión, Tora dejó a un lado la guitarra para concentrar toda la atención en su voz. Sin más artificios que la fuerza interpretativa de su manera de cantar, sostuvo una interpretación de enorme intensidad que desembocó en uno de los momentos más emotivos de la noche. Mientras el público permanecía completamente entregado, la banda fue retirándose progresivamente hasta dejarla sola sobre el escenario. El silencio que precedió a las últimas notas multiplicó el impacto de una interpretación que fue recibida con una larga ovación por una Plaza de Santa Ana ya completamente en pie.
Cuando parecía que la emoción había alcanzado su punto culminante, la batería volvió a romper el silencio. Entre sonrisas, Tora comenzó a gritar con energía «¡Ro!… ¡Ro!», invitando al público a responder siguiendo el popular cántico vikingo Viking Row, popularizado internacionalmente por la selección noruega durante el reciente Mundial de fútbol. La respuesta fue inmediata. La Plaza de Santa Ana hizo suyo el juego propuesto por la guitarrista y respondió al unísono con un contundente «¡Ro! ¡Ro!», prolongando esa complicidad que se había ido construyendo desde el mismo comienzo del concierto.
Entonces llegó el momento de despedirse.
—«Bueno… muchas gracias a todos. Esta es nuestra última canción por esta noche. Es para ustedes.»
Las primeras notas de «This Is It» marcaron un cambio de registro tan evidente como liberador. Después de transitar durante toda la noche por el blues-rock, el soul, el funk y el pop contemporáneo, el tema rompió definitivamente cualquier contención para ofrecer un desenlace de puro rock. Una vez más, Tora descendió por las escaleras para situarse frente a las primeras filas, mientras el resto de la banda mantenía desde el escenario toda la contundencia del tema. El público, ya completamente en pie, acompañó el apoteósico final de la actuación con una energía desbordante. La Plaza de Santa Ana vivió así probablemente el desenlace más abiertamente rockero que se recuerda en la historia reciente del Festival Internacional Canarias Jazz & Más. Finalizada la canción, Tora regresó al escenario para reunirse con sus compañeros y despedirse definitivamente del público. Con ambos brazos extendidos y las dos manos dibujando el inconfundible gesto de la mano cornuta, dejó una última imagen que resumía a la perfección el espíritu con el que había concluido la actuación.

La contundencia del último tema no ocultaba, sin embargo, el verdadero significado del concierto. Al contrario, lo reforzaba. Aquella explosión final de energía no era una ruptura con lo narrado anteriormente, sino su conclusión lógica. Después de recorrer un camino que transitó desde la vulnerabilidad hasta la afirmación personal, «This Is It» sonó como una declaración definitiva de libertad. El relato que Tora Daa había comenzado a construir con las primeras canciones encontraba ahora su desenlace natural.
Así, el concierto no solo confirmó el enorme talento compositivo y la personalidad artística de Tora Daa, sino que terminó dibujando un viaje emocional que convirtió la vulnerabilidad inicial en un mensaje profundamente esperanzador.
Concluida la actuación, numerosos asistentes se acercaron a la zona de merchandising para adquirir discos y compartir unos minutos con Tora, que atendió con la misma cercanía mostrada durante todo el concierto, firmando discos y saludando a quienes quisieron felicitarla.

Fue entonces cuando regresamos al backstage para despedirnos de Alberto Hernández tras la clausura del festival. Nada más vernos, resumió con una sonrisa lo que acabábamos de presenciar con una frase tan espontánea como reveladora: «Tony… ¡este concierto es blues-rock!»
Aquel comentario cerraba de manera perfecta el círculo iniciado apenas media hora antes del comienzo de la actuación. La apuesta había resultado un acierto rotundo.
Con su actuación, Tora Daa no solo puso el broche de oro a la 35.ª edición del Festival Internacional Canarias Jazz & Más Músicas Creativas. También se incorporó, por derecho propio, a la nómina de grandes guitarristas que en los últimos años han dejado una profunda huella en el festival. Tras Samantha Fish en 2022 y Ana Popovic en 2024, la guitarrista noruega confirmó que la organización había vuelto a acertar apostando por una nueva Guitar Hero Woman, capaz de emocionar desde la técnica, la sensibilidad y un discurso artístico tan valiente como profundamente humano.


























