Ripper Owens, la voz que no se apaga // Sala Razzmatazz II, Barcelona – 02/10/2025
La sala Razzmatazz II de Barcelona se convirtió el pasado jueves en un templo del heavy metal con la llegada de Tim “Ripper” Owens, uno de esos vocalistas cuya carrera es tan singular como intensa. El estadounidense, célebre por haber asumido el trono de JUDAS PRIEST en los noventa tras la marcha de Rob Halford, volvió a demostrar por qué sigue siendo un referente de potencia vocal y entrega sobre el escenario. Entre clásicos de JUDAS PRIEST, homenajes a otras bandas legendarias y piezas de su presente con KK’S PRIEST, Owens ofreció un espectáculo sólido, cargado de energía y, además, salpicado de momentos de cercanía, humor y emoción que lo hicieron todavía más memorable.

De Akron, Ohio, al trono de Judas Priest
Antes de entrar en materia, conviene recordar el peso histórico de Ripper en la escena. Su historia roza lo novelesco: fan de JUDAS PRIEST en su adolescencia, cantando en bandas tributo locales en Ohio, hasta que un día recibió la llamada inesperada. Glenn Tipton y K.K. Downing habían visto en él al sustituto perfecto de Halford. Así nació su entrada triunfal en JUDAS PRIEST, en 1996, con el disco «Jugulator» como carta de presentación. Una etapa polémica para muchos puristas, pero que con el tiempo se ha ganado un reconocimiento mayor gracias a la contundencia de su voz y a la capacidad de defender en directo los clásicos del catálogo PRIEST.
Esa misma historia fue la inspiración para la película «Rock Star» (2001), protagonizada por Mark Wahlberg, aunque ficcionada. Ripper Owens, lejos de encasillarse, construyó después una carrera polifacética: Beyond Fear, Iced Earth, Yngwie Malmsteen y, más recientemente, KK’S PRIEST, el proyecto de su viejo compañero K.K. Downing.
Con semejante bagaje, cada concierto suyo es una celebración de varias décadas de heavy metal. Y Barcelona lo recibió con una sala entregada desde el primer minuto.

Arranque demoledor con «Jugulator» y Fleetwood Mac
El setlist arrancó con fuerza: “Jugulator”, el tema homónimo de su debut en JUDAS PRIEST. Desde los primeros acordes, el público entendió que iba a presenciar un recital sin concesiones. Ripper apareció sonriente, con la seguridad de quien sabe que domina el escenario. Su registro, intacto, retumbó en cada agudo y cada rugido grave, y dejó claro que, a pesar de los años, su potencia vocal sigue siendo un arma devastadora.
La sorpresa temprana llegó con “The Green Manalishi (With the Two Prong Crown)”, el cover de FLEETWOOD MAC que JUDAS PRIEST inmortalizó en los setenta. El riff pesado y oscuro, acompañado por los fans coreando cada nota, funcionó como una declaración de intenciones: este no sería un concierto únicamente nostálgico, sino un repaso a varias raíces del heavy.
El bloque dedicado a JUDAS PRIEST fue un auténtico festín. “Burn in Hell”, una de las piezas más recordadas de la etapa «Jugulator», sonó abrasadora. El propio Owens bromeó antes de presentarla, reconociendo entre risas que en ocasiones el setlist se le cruzaba y que habían “saltado accidentalmente” a «The Ripper» antes de tiempo. Esa «autoironía» conectó rápidamente con los asistentes, que disfrutaban no solo de la música, sino del carácter cercano del cantante.
Después llegó el turno de “The Ripper”, clásico absoluto de 1976, que puso a prueba la teatralidad de Owens. Con gestos afilados y una interpretación casi actoral, se metió de lleno en el papel del asesino de Whitechapel, arrancando gritos y aplausos del público. Fue uno de los momentos más intensos de la noche, uniendo generaciones de fans en un mismo rugido.

Ecos de Sabbath e Iced Earth
Owens quiso también rendir tributo a otros pilares del heavy metal. Con “Children of the Grave”, el cover de BLACK SABBATH, la sala se transformó en una liturgia doom cargada de energía. El tema, heredero del espíritu setentero, sonó poderoso y crudo, con la audiencia marcando el compás con los puños en alto.
En un giro emotivo, el setlist incluyó “When the Eagle Cries”, de su etapa en ICED EARTH. Aquí, Owens bajó las revoluciones para mostrar su lado más melódico y conmovedor. La canción, cargada de simbolismo tras los atentados del 11-S, fue interpretada con respeto y solemnidad, y la sala respondió en un silencio reverente antes de estallar en una ovación cerrada.
No podía faltar su presente musical. “Hellfire Thunderbolt” y “One More Shot at Glory”, de KK’S PRIEST, demostraron que Ripper no vive únicamente de glorias pasadas. Ambas canciones, cargadas de riffs incendiarios y un aire épico, fueron recibidas con entusiasmo, como si el público quisiera subrayar que todavía queda cuerda para rato en la carrera de Owens y Downing.

El bloque final: clásicos y complicidad
El tramo final del concierto fue una auténtica fiesta para cualquier fan de JUDAS PRIEST. “Beyond the Realms of Death” se erigió como el clímax épico de la velada: más de siete minutos de dramatismo y emoción, con Owens modulando cada parte con maestría. Luego vinieron “Blood Stained” y “Hell Is Home”, de su etapa más dura con PRIEST, que sirvieron para reafirmar la versatilidad de su voz.
El público estalló con el combo “The Hellion/Electric Eye”, esa introducción instrumental que desemboca en uno de los himnos más reconocibles de la NWOBHM. Y, por supuesto, no podía faltar “Living After Midnight”, donde la sala entera coreó como un solo coro, transformando el concierto en una celebración colectiva. El cierre con “One on One” puso el broche perfecto, con una contundencia que dejó al respetable con ganas de más.
Humor, cercanía y un cumpleaños especial
Más allá del repertorio, lo que convirtió la noche en inolvidable fueron los gestos personales de Owens. En un momento inesperado, el vocalista bromeó con el tema “Hello” de Adele, entonando unas notas con exagerado dramatismo. La sala estalló en carcajadas: era la demostración perfecta de que, pese a su imagen de “metal hero”, Owens sabe reírse de sí mismo y conectar desde la complicidad.
El punto más emotivo de la velada llegó con una fan llamada Grace, presente en primera fila. Al descubrir que era su cumpleaños, Ripper detuvo el concierto para pedir al público que le cantara el tradicional “Cumpleaños feliz”. Pero no se conformó con eso: tomó la iniciativa y, con solemnidad, añadió unos versos de “Amazing Grace” a capela, dedicándoselos a ella. La mezcla de humor, ternura y respeto fue conmovedora; un gesto que demuestra que, más allá de la potencia vocal y el currículum, Owens sigue siendo un músico cercano y humano.

La voz que no se apaga
Resulta inevitable reflexionar sobre la voz de Tim “Ripper” Owens tras una noche así. Su registro agudo sigue siendo imponente, sus graves sólidos, y su capacidad para sostener notas largas y cambiantes emociona y asombra a partes iguales. A diferencia de otros colegas de generación, el tiempo parece haber tratado bien a su garganta, fruto sin duda de disciplina y técnica.
En Razzmatazz II no solo cantó: interpretó. Cada tema fue acompañado de gestos, de interacción con el público, de bromas y complicidad. No hubo distancia entre artista y audiencia; hubo comunión.
Un legado reivindicado
Si algo quedó claro anoche es que la etapa de Ripper en JUDAS PRIEST ya no puede verse como una anomalía, sino como una pieza fundamental de la historia del heavy. Canciones como «Jugulator» o «Burn in Hell» resisten el paso del tiempo y cobran una segunda vida en sus directos. Además, su papel actual en KK’S PRIEST confirma que no es un artista anclado en el pasado, sino alguien dispuesto a seguir creando y defendiendo música nueva.
Barcelona respondió con una entrega total, demostrando que la figura de Owens genera respeto, cariño y admiración. En un mundo donde muchos vocalistas de su generación optan por giras nostálgicas, él ofrece un show que combina pasado, presente y un futuro aún vibrante.

























